¿Sirve la educación para conseguir empleo?: Pablo Luna Gutiérrez

¿Sirve la educación para conseguir empleo?: Pablo Luna Gutiérrez

Abril/26 Luna reitera cómo la educación debe formar seres humanos integrales y críticos, trascendiendo la lógica del mercado para construir ciudadanía, ética y humanidad. 

Desde sus orígenes, la educación no fue pensada como un medio para producir trabajadores, sino como una práctica social orientada a formar seres humanos. En las sociedades primitivas no existían escuelas ni maestros formales; el aprendizaje era colectivo, cotidiano y ligado a la vida misma. Se transmitían saberes para sobrevivir, convivir y comprender el mundo. Con el paso del tiempo, en civilizaciones como Egipto, India, Grecia o Roma, la educación adquirió mayor estructura, pero conservó un propósito central: formar integralmente a las personas en lo intelectual, lo moral y lo social.

En la antigua Grecia, por ejemplo, educar significaba cultivar la virtud, el pensamiento crítico y la participación en la vida pública. Filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles entendían la educación como el camino para alcanzar la verdad, la justicia y la armonía social. No se trataba de preparar individuos para el trabajo, sino de formar ciudadanos capaces de pensar, deliberar y vivir en comunidad. De igual manera, durante la Edad Media, aunque la educación estuvo fuertemente influenciada por la religión, su propósito seguía siendo la formación del espíritu y del conocimiento, a través de las artes liberales.

Sin embargo, este sentido comenzó a transformarse de manera profunda con la Revolución Industrial. La educación dejó de estar centrada en el desarrollo humano integral y empezó a alinearse con las necesidades del sistema productivo. La escuela se configuró como un espacio para disciplinar, estandarizar y preparar mano de obra para la fábrica. El tiempo, la obediencia, la repetición y la especialización se convirtieron en valores centrales. En este proceso, el estudiante pasó de ser un sujeto en formación a un futuro trabajador.

Hoy, esa lógica persiste y se ha profundizado. Como lo plantea Sepúlveda, R. (2004), la educación ha adquirido una connotación instrumental: se compara la escuela con la empresa, el estudiante con el cliente y el conocimiento con un producto . En este enfoque, lo humano, lo social y lo cultural se reducen a servicios, y la formación integral pierde espacio frente a las demandas del mercado. El currículo, en muchos casos, responde más a la empleabilidad que a la construcción de ciudadanía o al desarrollo del pensamiento crítico.

Este fenómeno no es menor. Cuando la educación se limita a preparar para el empleo, se empobrece su sentido. Se deja de lado la formación ética, la sensibilidad social, la capacidad de cuestionar y transformar la realidad. Se forman individuos competentes técnicamente, pero muchas veces desconectados de su contexto, de su historia y de los desafíos colectivos.

Además, esta visión instrumental también impacta la producción del conocimiento. Como advierte Arbeláez, G. (1993), gran parte de la investigación científica responde a intereses económicos y de consumo, lo que limita su alcance y su compromiso con el bienestar social.

La educación, en este escenario, corre el riesgo de convertirse en un engranaje más del sistema económico, perdiendo su autonomía y su sentido crítico. Frente a este panorama, es fundamental recuperar el verdadero propósito de la educación. Educar no puede reducirse al desarrollo de habilidades técnicas o a la solución de problemas cotidianos; implica formar una comprensión profunda de la realidad, que permita reconocer el lugar que cada persona ocupa en la cultura y en la sociedad. En esencia, educar es formar seres humanos libres, críticos y comprometidos con la transformación de su entorno.

La educación sí debe preparar para el trabajo, pero no puede reducirse a ello. Debe formar para la vida, para la convivencia, para la democracia y para la construcción de sentido. En un mundo marcado por la desigualdad, la incertidumbre y los rápidos cambios tecnológicos, se requiere una educación que humanice, que integre y que piense más allá del mercado.

Reducir la educación a un simple medio para conseguir empleo es desconocer su historia y traicionar su esencia. Educar es mucho más: es construir humanidad.

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Pablo  Luna Gutiérrez: Posdoctor en educación ciencias sociales e interculturalidad, PhD Gobernabilidad y Gestión Publica, Magíster en Dirección, Especialista en Gerencia en Gestión Humana y Desarrollo Organizacional, Psicólogo, docente universitario y consultor.

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