Sistema educativo, elecciones y la crisis de ideas: Diofanto Arce – junio/22

Diofanto Arce Tovar, PhD en Estudios del Desarrollo, Magister en Educación y Desarrollo Humano, cuestiona la forma como las IES parecen actuar para sí mismas y no para su responsabilidad social.

Es fácil hablar de la crisis que embarga hoy a nuestra nación.  El proceso electoral, que es tan solo un indicativo de la realidad del país, así lo manifiesta.  Se acerca una segunda vuelta presidencial con dos candidatos que representan el hartazgo general, o al menos de quienes votan, con un sistema incomprendido estructural e históricamente, y que a través de décadas ha posicionado a Colombia, no como la “más estable de las democracias del continente” sino como la casa matriz de la desigualdad, la intolerancia, el desprecio por la vida y, la consumación del fracaso de un proyecto de sociedad.

En este marco general se mueve la educación, y más específicamente, el sistema de educación superior.  Además, de su impacto desigual en los diferentes sectores sociales y en la geografía nacional, su cada vez menor aporte a la construcción del entramado de conocimientos y saberes que genere país; su oferta mercantilizada de programas, con un interés centrado en la sostenibilidad financiera de las instituciones,  y no en una lectura contextualizada y proyectiva de la realidad; el trato, en muchos casos denigrante a los profesionales de la educación, a los cuales precariza y explota, sin ningún asomo de decoro; y su alejamiento real del verdadero país, esa vivencia de pecera que evidencia su pérdida de peso simbólico y moral ante una comunidad, como la nuestra, la colombiana, que tal vez nunca se lo ha otorgado de manera contundente.

Preocupa cómo en nuestro país se dificulta cualquier proceso sensato de autocrítica.  Las instituciones de educación superior en nuestro medio no son la excepción, carecen por completo de esta, se convierten paulatinamente en marcas, que como las que inundan el mundo del consumo, son anónimas ante sus responsabilidades y las consecuencias de sus acciones.  ¡Que buena falta hace una academia responsable con el país!  No en las fórmulas comerciales y las sonrisas pagadas de los anuncios publicitarios.  ¡Qué falta de conocimiento de Colombia denotan las instituciones de educación superior, sea cual fuese su denominación!  ¡Que carencia del sentido de la educación!  Es decir, de sacar hacía adelante a las nuevas generaciones, de llevarlas a nuevos espacios para que, en medio de la libertad, que solo otorga el pensamiento, redefinan los caminos que los tiempos actuales exigen.

La carencia de verdadera política en el país está arropada en buena medida, por la incapacidad de que la academia, sus instituciones y sus actores dialoguen más allá de acreditaciones, rankings, logias, intereses económicos y sociales.  La debilidad del diálogo nacional manifiesta la pobreza de educación, la mínima y direccionada investigación utilitaria, la ideologización mercantil que se ha entronizado y que interpela por apariciones en publicaciones con indexaciones  que alimentan egos, más que vidas, salarios en lugar de la arriesgada opción de tener criterio propio, la minoría de edad en la que las instituciones de educación superior, como el personaje de Benjamin Button van entrando día a día, sin ningún atisbo de cuestionamiento. 

El país cambia, lo preocupante es que este proceso sea direccionado por la angustia y el miedo y no, que responda a la sensatez de las ideas y la implicación de una sociedad en construcción.  La brújula, que debería ser la academia y sus miembros, ha cedido su rol al GPS de las redes sociales y la opinión, parece que la situación es cómoda y no exige cuestionamientos dentro del sistema de educación; sin embargo, el tsunami que impactará la vida de los millones de compatriotas, probablemente sea la oportunidad para volver a lo trascendente, al origen de lo que en el viaje de las palabras en la historia llamamos Educación.

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