Cambiar de Ley y de pensamiento para atender a los jóvenes: Alejandro Alvarez Gallego – nov/22

En su editorial para la web de su Universidad Pedagógica Nacional, su rector Alvarez Gallego, reflexiona en torno de lo que las IES deben hacer para atender las problemáticas y preocupaciones del día a día de sus estudiantes.

Las juventudes son diversas, representan un mundo cambiante, complejo e incierto que el Estado, el profesorado y las directivas de las IES debemos saber leer e interpretar, para responder con audacia a su ethos rebelde. El sistema de educación superior colombiano tiene hoy la oportunidad de dar un salto cualitativo que le permita transformar su mirada para tener una visión más cercana a sus realidades y atender las exigencias que nos están haciendo desde hace años.

En algunas de nuestras instituciones se vive una permanente tensión, marcada por los riesgos que representa la venta y el consumo de estupefacientes y bebidas alcohólicas en los predios y los entornos de los campus, y por las discriminaciones que sufren las poblaciones con características físicas, étnicas y sociodemográficas diferentes.

Los días viernes, en varias de las universidades, se vive un ambiente preocupante por las rumbas que se organizan en su interior y están desbordando los límites de la convivencia. Las ventas ambulantes al interior de las instituciones están creciendo. El tropel no cesa del todo y las manifestaciones violentas que enfrentan a grupos de encapuchados con la policía exponen a las instituciones a situaciones extremas que terminan con heridos, estudiantes presos, incluso desaparecidos o muertos. Todo esto es una realidad, pero considerar la juventud como un “problema” puede confundirnos y hacer que actuemos inadecuadamente. Por eso debemos hacer un esfuerzo para cambiar la mirada y arriesgar formas diferentes de pensarnos.

Saliendo de una reunión hacia las seis de la tarde en la Universidad Pedagógica, me encontré con el viernes de “farra”, y decidí quedarme a observar. Me sorprendieron varias cosas: Primero, no es una farra, son varias. Encontré zonas oscuras donde se distribuyen y se consumen sustancias psicoactivas, otras donde se “perrea”, pero eran los menos. La mayoría estaba reunida en círculos, conversando, escuchando y bailando músicas diversas, incluso tocando tamboras, gaitas y maracas.

En otro lugar encontré un puesto con luces especiales y un buen equipo de sonido desde donde se invitaba a bailar salsa, y con megáfono en mano se animaba a los compañeros a escuchar “música con sentido”, a no dejar basura en el piso y a no degradar la fiesta. Conversé con varios grupos de estudiantes que se acercaban extrañados por ver al rector, solo, en esta movida; su tono amable estuvo acompañado de un sin número de iniciativas. Tomé nota atenta de ellas, en síntesis, podría resumirlas así: quieren apoyo con los espacios físicos para que puedan expresar sus muy diversas capacidades artísticas, desde circo, cuenteros, tatuaje, estampados, pasando por poesía, hasta pintura, teatro y por supuesto mucha música. Escuché con fuerza la idea de que ellos pueden autorregularse, que no necesitan que les lleven artistas, pues entre sus compañeros hay habilidades que pueden manifestarse con buen nivel estético. Me hablaron de la necesidad de trabajar en la universidad académicamente, el tema de la identidad institucional y el tema de género, a través de cátedras obligatorias, además, abrir la posibilidad para que quienes tienen trabajo comunitario, cultural, agroambiental o político en sus barrios, puedan llevarlo a la universidad y compartirlo con sus compañeros. También me hicieron exigencias relacionadas con la infraestructura y los servicios de bienestar, que lamentablemente todavía son muy precarios. En conclusión, me encontré con sujetos políticos con iniciativas, inquietos y llenos de ilusión, que aman su universidad y encuentran en ella un espacio, como pocos, donde pueden realizar sus vidas.

Nuestra obligación es leer con profundidad lo que hoy acontece con las nuevas generaciones, más allá de diagnósticos y estadísticas centradas en las carencias, las patologías o los riesgos, y reconocer su fuerza, sus deseos, anhelos y capacidades. Lo que estos jóvenes nos están exigiendo, a gritos, es construir espacios para la expresión.

Si algo representa una constante en la historia, desde que la juventud emergió como un fenómeno sociológico y un acontecimiento cultural en la sociedad moderna, es su ethos rebelde. Debemos dotarnos de un gran programa de investigación interinstitucional que nos permita abordar con rigor la realidad compleja de los jóvenes. Las juventudes reclaman ser escuchadas y los adultos debemos tomar las mejores decisiones para mitigar los riesgos y brindar las mejores oportunidades para encausar, en clave de formación, sus vidas.

El actual gobierno está dispuesto a producir una revolución en la educación superior, según palabras del ministro Alejandro Gaviria, no solo por el aumento en el presupuesto, sino por las condiciones académicas en las que se puede cambiar la manera como formamos a las nuevas generaciones. El primer desafío es cambiar de raíz el llamado Sistema de Aseguramiento de la Calidad, y más allá, la mismísima Ley 30. Si el MEN, el CESU, el SUE, ASCUN y las Instituciones técnicas y tecnológicas no aprovechamos este momento, quizás perdamos la oportunidad de ponernos al día con las exigencias de estas juventudes que no cesan de reclamar cambios.

Debemos arriesgarnos a pensar radicalmente distinto, para flexibilizar nuestras estructuras académicas y darle curso a la creatividad y la innovación. No es posible que sigamos amarrados a un modelo de acreditación cerrado, parametrizado y estandarizado por una superficial lista de indicadores. Debemos pensar nuestra labor en torno a programas (no disciplinares) que nos permitan articular la docencia, la investigación y la proyección social.

Los cambios pasan por transformar nuestros modos de ser profesores, y comprender las formas en que se constituyen los sujetos en estas nuevas sociedades; quizás ello nos lleve a pensar de otra manera los procesos de formación. Entonces, quizás, podríamos hablar de una revolución en la educación superior.

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