Felipe Cárdenas- Támara, Director del Observatorio-Red Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente, advierte cómo la lógica cultural de la vida universitaria no se puede supeditar a los caprichos de las modas pedagógicas y educativas que sugieren determinados organismos nacionales (el propio Estado) u organismos internacionales.
La crisis de la educación es mundial. Y se refiere en lo fundamental a la incapacidad de los Estados-nación y sus élites de proveer un proyecto educativo nacional que explore de manera creativa los elementos culturales, ambientales y económicos que subyacen a la historia y anhelos de nuestros países y sociedades.
Nuestro sistema educativo desde la educación en primera infancia hasta la universidad copia los dictados que se dan e imprimen en otros países del primer mundo; no hay espacio para la construcción y diálogo con los eventos y hechos que marcan nuestras necesidades como pueblos en el orden de una educación que busque en lo posible la realización plena de la persona humana y las comunidades.
La Ley 115 de Educación, en Colombia, marcó un interesante rumbo que paulatinamente se viene desmantelando con políticas públicas como la de competencias, que en el fondo son una copia burda de los lineamientos educativos que han surgido del conflicto social y económico en la Europa neoliberal y ordoliberal que ha marcado la historia del viejo continente en los últimos cuarenta años. En dicho proceso, uno de los rasgos o esquemas mentales dominantes, que merecen atención, se refiere a la eliminación del concepto de “bien común” y de “comunidad”; conceptos que en el caso de la educación vienen siendo reemplazados por los de calidad educativa, competencia, resultados de aprendizaje y estandarización de la educación. Nuevos conceptos funcionales que borran toda referencia al estudio de la ideología y que proporcionan la idea de que la educación es un proceso aséptico, sin contracciones, sin conflictos, sin antagonismos y visiones diferentes de realidad. Una lectura esquemática de realidad, donde todos en teoría tienen las mismas oportunidades y no hay espacios para la explicación y comprensión de las numerosas injusticias sociales y epistémicas que marcan la experiencia social del ciudadano.
Acá, en los paisajes de América Latina copiamos, -tenemos que reconocer que lo hacen muy bien nuestros burócratas-intelectuales- que presentan los lineamientos de competencias, competencias ciudadanas y competencias de todo tipo como si fueran la expresión de su cosecha intelectual, cuando en el fondo son el efecto de las dinámicas y eventos de orden mundial y de la propia mundialización del mundo en su referencia principalmente estadounidense y europea.
Devela lo afirmado anteriormente, un serio y preocupante problema mental en relación directa con la incapacidad que tenemos y que en el fondo expresa las carencias de nuestros sistemas escolares y educativos de proveernos de la capacidad de pensar en ricas y variadas concepciones metafóricas y metonímicas que sean propias, un “sencillo problema” semántico, lingüístico y semiótico, ¡nada más que ello!
El tipo de educación que necesitamos desborda el paradigma de las competencias, como modelo reduccionista, y será imposible que el nuevo paradigma del aprendizaje proporcioné las bases de una educación que verdaderamente enseñé, si las instituciones educativas no se transforman como un todo y plantean escenarios de reflexión profunda de orientación marcadamente horizontal en el diálogo con toda la comunidad educativa. No se puede seguir pensando que los cambios educativos se pueden culminar de manera plena, si aún el paradigma de la gestión institucional es de orden vertical y autoritario. Las formas políticas de una autentican democracia tienen que tener la capacidad de generar influjos en el campo administrativo y directivo de nuestras instituciones educativas; igualmente una cultura democrática tiene que incorporarse en el campo de todos los niveles del subsistema económico, cuya matriz es básicamente capitalista.
En consecuencia, la labor y tarea pedagógica que tenemos por delante implica generar correspondencia e isomorfismo entre una educación para el bien ser, la justicia socioeconómica, el respeto a la diversidad y la inclusión de una verdadera cultura ambiental. Los espacios educativos de los sistemas escolares y universitarios deberían de ser arenas para la conversación, el diálogo y el sano debate. La lógica cultural de la vida universitaria no se puede supeditar a los caprichos de las modas pedagógicas y educativas que sugieren determinados organismos nacionales (el propio Estado) u organismos internacionales.
Una lectura del contexto local, nacional y mundial siempre se hace pertinente en la definición de las convenciones de nuestros propios mapas educativos y políticos. Dicha lectura contextual, tiene necesariamente que leer e interpretar la globalización, mundialización e internacionalización de la economía mundial, comprendiendo claramente las lógicas de proyectos de pensamiento único y de imposición ideológica que buscan infiltrar con sus aparentes “verdades” la construcción del anhelado Estado Social de Derecho consagrado en nuestro ordenamiento constitucional. No podemos seguir asumiendo que la educación en todos sus niveles, particularmente la universitaria, tiene que plegarse sumisamente a los dictados de poderosos organismos financieros que parece que son hoy los que definen la agenda educativa y cultural de nuestras instituciones estatales y educativas.
Detrás del discurso aparentemente plural que marca la experiencia de orden de las sociedades mundiales, lo que se puede percibir es un modelo ideológico monocultural que puede afirmarse que está en la base del desmantelamiento del mismo Estado de Derecho, como de numerosas instituciones educativas que no dialogan de manera sincera con las fuerzas de importantes corrientes educativas y pedagógicas que tienen mucho que enseñarles a los promotores del supuesto cambio educativo.
Desde un sincero humanismo de inspiración personalista, se hace difícil pensar que el motor de la historia, como de la historia educativa, esté centrado en enfoques cuya intertextualidad resopla un capitalismo salvaje y una idea de hombre tan pobre como la sustentada por la idea neoliberal de competencia. En el fondo, y en lo más latente del discurso dominante, la idea es:<<maximizar la ganancia personal>>. Un discurso cuya lógica univoca desbarata completamente el ideal de universidad y empobrece, -sin desconocer la realidad del dinero y del papel de lo financiero en nuestros tiempos-, el campo de la educación como principio transformador de la realidad de los hombres y de la sociedad.
¿Será que de manera real no hay alternativas a las lógicas y esquemas del pensamiento único y a la ideología economicista dominante? Si pusiéramos a nuestros profesores, alumnos y administrativos a dialogar y a indagar en la propia historia de la universidad, en sus modelos pedagógicos y educativos, en las experiencias cotidianas acumuladas por los docentes. Además, el diálogo, nos tendría que conducir por la historia de la filosofía educativa y pedagógica, tanto mundial como latinoamericana. ¿No tienen nada que decirnos los enfoques de escuela, las teorías de la educación y los movimientos sociales inspirados en ellos? No deja de ser interesante, sorprendente y hasta doloroso, ver como, en el caso de las universidades, estas se ven colonizadas por propuestas de marketing educativo que pareciera que asumen el rol educativo que había sido asumido por la universidad a lo largo de su historia, y en donde estas instituciones se colocan en la función de aprendiz que manejan corporaciones financieras, agencias de coaching educativo e instituciones de inversión que parece que son hoy las que les enseñan a las universidades lo que tienen que hablar. <<Y yo hablo para enseñar>> diría san Agustín.
La universidad tenía una profunda enseñanza sobre el bien común. Ese era uno de sus mayores patrimonios educativos. ¿En que momento erro el camino? ¿No es el bien común, una partícula discursiva que sigue entre nosotros y que viene del mundo medieval y de sociedades agrarias de la antigüedad, y que pasó a ser uno de los fundamentos civilizadores de la vida en sociedades estatales marcadas por la violencia legitimadora de las armas? Hacer nuestra historia implica escucharnos. No se puede pensar que la historia la construyen desde su genialidad unos pocos y que la inmensa mayoría, ya hablando de profesores, están en el escenario educativo para simplemente dictar sus clases y para ver como espectadores el cortejo fúnebre que atraviesa la historia de sus comarcas o para aplicar, lo que los asesores externos contratados por la universidad hacen de ella, ya sea para construir o desmantelar el claustro.
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