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Ensimismados

Por Jorge Yarce. Presidente ILL

No hay otra palabra que mejor defina a las jóvenes generaciones: están ensimismados, a la vez metidos en sí mismos y como distantes de todo, como si no les importara nada. Están en su cuento, en su rumba, en sus cosas, en sus gustos, en sus cacharros electrónicos. Al fin y al cabo su símbolo es el dedo pulgar, que utilizan más que la cabeza, para teclear el celular, el videojuego, el Ipod o el PC.

La paternidad que se ejerce sobre ellos es a base de ratos libres, por papás agotados de trabajar que llegan cuando los hijos ya no están en condiciones de hablar sino de dormir. Y los fines de semana, tratan desesperadamente de andar en busca del tiempo perdido pero el ritmo al que van los niños y adolescentes es muy diferente al de los padres. Cuando ellos vienen los hijos van. Y así no es extraño que anden desorientados intelectual y afectivamente. A veces andan solos tristes y deprimidos.

El hogar requiere una articulación de sentimientos, de afectos y un equilibrio emocional y sentimental que sólo se logra con un conocimiento de la personalidad de cada uno de los muchachos y con seguir esa pista única que es la vida singular e irrepetible de un hijo para lo cual no hay fórmulas previas. Hay que estar improvisando inteligentemente ante cada situación. Y ejerciendo una fortaleza afectiva que da soporte a sus necesidades y problemas.

Los hijos reciben excesos de estímulos externos provenientes de los programas que ven, de los juegos que utilizan, de los chats de los que forman parte y del mundo de internet que espolea su curiosidad y tantas veces la despierta o confunde con contenidos inapropiados. Como si en cada esquina pudieran ser asaltados por algo superior a su capacidad de discernimiento. Son como cultivos hidropónicos que maduran a las carreras y por fuerza de las circunstancias.

Si no hay auténtica vida en familia, el hogar es tierra de nadie. No exactamente: es tierra de los medios, de los amigos, de las personas que posiblemente con mejor voluntad que preparación acompañan a los hijos en los hogares cuando no están los padres, de los planes irracionales que van surgiendo a medida que pasan los días y de la improvisación de criterios para vivir que no siempre son válidos.

¿Y a qué horas se educa en valores? Esto exige rectitud en el comportamiento (empezando por el ejemplo) y preocupación por cultivar el terreno de los hábitos, de la virtud, que muchas veces termina siendo lo deseado, lo imposible, aquello que brilla por su ausencia, porque tanto padres como hijos andan ensimismados, metidos en sus cosas, haciendo todo, menos lo más importante: vivir y actuar como personas.

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Jorge Yarce – universidad@universidad.edu.co

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