Evaluación: ¿un concepto relativo?: Gerardo Cardozo Rincón – dic/22

El profesor universitario Gerardo Cardozo Rincón reflexiona, a partir de su formación y experiencia sobre si la evaluación de los estudiantes a los docentes es un instrumento confiable que confirme, con objetividad, la calidad, dedicación, competencias y continuidad de un docente.

Luego de cavilar en torno de uno de los procesos comunes en el ámbito académico y antes de compartir algunas ideas al respecto, vale la pena mencionar la existencia de unos postgrados ofrecidos en Colombia por algunas instituciones educativas de prestigio:

– Especialización en Evaluación Educativa.

– Especialización en Educación con Énfasis en Evaluación Educativa.

– Especialización en Evaluación Pedagógica.

– Especialización en Evaluación e Intervención Psicoeducativa.

Todos estos programas (entre otros afines) presentan un término en común: evaluación. Aunque es una perogrullada sostener que las habilidades evaluativas se deben demostrar en el ejercicio docente, sí se justifica recordar que se fortalecen en un pregrado (licenciatura) y, posiblemente, en un postgrado. Es innegable que para entender la evaluación –desde sus diferentes perspectivas y propósitos- se requiere no solamente de un gusto por la educación y los procesos de enseñanza y aprendizaje, sino también de unas competencias específicas esperables en los profesores.

En el caso del autor de esta corta disertación, se parte de la formación académica (licenciado, magíster y Ph. D. –los dos últimos no son en educación-) y de la experiencia profesional (casi toda en educación superior) como argumentos válidos para afirmar categóricamente que después de aproximadamente 15 años de ejercicio docente, todavía hay fallas en la evaluación. No se pretende aseverar que en el pregrado hubo falencias o que la experiencia no ha permitido mejorar en ese aspecto; por el contrario, cada semestre se ha convertido en una oportunidad para fortalecer las competencias pedagógicas que incluyen, por supuesto, lo referido a la valoración de lo que realicen los aprendientes. Lo que se quiere dejar en claro es que la evaluación conlleva un acercamiento a las teorías pedagógicas, didácticas, disciplinares, cognitivas e incluso políticas, y que es inherente a la búsqueda del mejoramiento de la realidad, en especial, educativa.

Lo anterior lleva a una confesión: aún después de más de una década como docentes, existen aspectos por mejorar al momento de evaluar y, sin miedo a equivocarnos, podemos asegurar que, aunque cursáramos una especialización y una maestría con énfasis en evaluación, no nos convertiríamos en evaluadores perfectos. En definitiva, la evaluación es una competencia que se fortalece después de muchos años de formación académica, de experiencia profesional y con la mirada puesta en los objetivos que se persiguen y en la responsabilidad que implica.

Ahora tocamos el quid del asunto: ¿es la evaluación de los estudiantes a los docentes un instrumento confiable que confirme, con objetividad, la calidad, dedicación, competencias y continuidad de un docente? Basta con acudir al argumento de analogía con el fin de explicitar la idea: si un profesor con formación profesional, experiencia y actualización permanente es susceptible de cometer errores a la hora de evaluar, ¿qué se puede esperar de estudiantes que, por ejemplo, nunca han calificado a nadie y definen la calidad de sus docentes a través de la evaluación que diligencian, sin tener conocimiento de la finalidad de ese proceso? No se quiere presentar a los alumnos como los antagonistas en este cuento, pues no se puede esperar que sean los sabios de la evaluación; simplemente, se propende hacia la consideración del papel de la subjetividad (a veces, tan inevitable) en una calificación que se puede traducir en qué tan bien o mal les ha caído el profesor.

Objetividad y subjetividad son dos conceptos muy amplios que tocaremos en una próxima oportunidad, pero en lo que a este asunto se refiere, es suficiente con reiterar que la evaluación hacia los docentes no puede considerarse como un instrumento confiable ni mucho menos objetivo que permita categorizarlos ni determinar su permanencia, por lo menos hasta que deje de ser el aplauso cuantitativo por la mejor nota recibida, o la espada de la venganza por haber reprobado o sencillamente por sentir que el profesor no es el de su gusto por cuestiones completamente ajenas a las académicas. No queda más que recordar a todos los que compartimos el terreno educativo que, como reza el viejo y conocido proverbio: “Cada uno habla de la feria como le va en ella”.

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