Existencia y representación política en el maestro: Felipe Cárdenas Támara

Existencia y representación política en el maestro: Felipe Cárdenas Támara

Dic/24 Cárdenas-Támara, director del Observatorio Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente, de Unisabana recuerda que todos estamos llamados a ser maestros, pese a los retos de tan bella actividad. 

Hacia la década de los años cuarenta del siglo XX, decía el filósofo colombiano Fernando González en su libro el Maestro de Escuela: “<<¡Qué amarga es la vida de los “solitarios maestros”, amancebados con sus “viejas verdades incomprendidas”! (González, 1941)>>. Las palabras de González recogen con mucha vitalidad la soledad, los pequeños mundos y el valor existencial de la vida de los maestros. Su sentencia expresa un profundo reconocimiento, que hacemos nuestro, al trabajo y a la vida de ellos.                           

Los que somos maestros y somos formadores de maestros, sencillamente tenemos que reconocer, una verdad de sentido común: los maestros de Colombia, y del mundo son una de las comunidades humanas más floridas, pero menos reconocidas de nuestras naciones y de la vida de nuestros pueblos. Ellos son uno de los agentes más importantes en el progreso y desarrollo de nuestros países. Incomprendidos, solitarios, mal pagados, y manipulados por toda suerte de posiciones ideológicas desfiguradoras de la naturaleza humana.  El maestro, como lo afirmamos recientemente en un artículo de investigación publicado por la revista de teología Albertus Magnus (Cárdenas, 2024), y en la que me aventuro a señalar rumbos existenciales en la vida de ellos, son tempestad, mar y profundidad. Algunos hacen discípulos, construyen vidas, otros las destruyen (Siendo realistas). Y algunas instituciones educativas los idiotizan con el tiempo de diversas maneras, por ejemplo, al imponer cargas laborales y burocráticas absurdas que terminan minimizando y distorsionando los aportes de ellos a la construcción de sociedad.

Ha sido gratificante ver publicado un trabajo que se encontraba perdido, gracias a la pandemia del Covid-19, en el gabinete del investigador, siendo valorado por la revista de teología Albertus Magnus de la Universidad Santo Tomás. Es un ensayo eminentemente “confesional”, problemático para estos tiempos anti-confesionales;  desde mi perspectiva, el maestro representa en el horizonte de la civilización cristiana un vínculo que desborda la marca contractual que tiene con el Estado, con el gobierno de turno, con el sindicato o con el empresario dueño del plantel o de la organización universitaria o educativa que lo contrata.  El maestro está ubicado en el campo de las estructuras de co-residencia, co-trascendencia y co-descendencia. Estructuras de acogida (L. Duch) que son auténticas teodiceas para proyectar la plena realización de la persona humana.

Es decir, en el contexto de nuestros países, el maestro (incluida la institución educativa), además de educador de nuestros niños, es padre-madre muchas veces de ellos, vecino, líder comunitario, trabajador social, jardinero, guardaparques, intelectual, promotor de paz y amigo. Él o ella congrega, asiste y señala rumbos de vida, que lastimosamente la sociedad colombiana poco valora. El artículo titulado: Existencia y representación política del maestro, reconoce que sus vidas son un verdadero apostolado, vocación y camino (Cárdenas, 2014).  Se afirma en dicho texto:

La figura del maestro, como problema de sentido, ontológico y político, tiene que comprenderse desde instancias históricas y antropológicas. No basta con decir que el maestro es el representante de todas las instancias políticas existentes en una sociedad. Desde una comprensión de esta naturaleza, el maestro o la maestra representaría al Estado, al sindicato, al dueño del colegio privado, a los padres de familia, a los niños o al propio gremio. Una concepción de esta índole expresa el eclecticismo ético y el reduccionismo moral de los tiempos que vivimos; concepciones ideológicas de partido, de Estado, o sindicato que tienen el riesgo de contaminar ideológicamente la labor y el trabajo de la profesión; la vida del espíritu, que en su realidad vital no puede ser reducida a condiciones exclusivamente biológicas, orgánicas o incluso culturales.

Se hace pertinente entender, los sentidos de la representación política y existencial del maestro. Más allá de las cifras, que desde luego son importantes, el casi medio millón de maestros que laboran en Colombia realizando actividades pedagógicas en el aula, acciones directivas y apoyos docentes,  están atravesados por un tema que no es evidente, pero que es sustancial para la ciencia política: el tema de la representación.  ¿A quién representa el maestro? ¿Es un representante del Estado?, ¿del gobierno? ¿Es el representante de los padres de familia, de los niños, del sindicato? ¿Es el representante del conocimiento, de la gnosis?  ¿O, él o ella se auto representan,  simplemente como asalariados y, por tanto, no hay más que indagar? Dejemos de lado el prurito filosófico y no nos compliquemos la vida. Pero no es tan sencillo dejar la indagación, cuando se constata que los actuales modelos de aprendizaje dominantes lo conciben como un simple facilitador, desdibujando su rol y su relevancia política, existencial, cultural, social y metafísica. Responder este interrogante desborda los sentidos de la indagación sociológica, ya que el problema de la representación política y existencial del maestro es un tema fundamental de los estudios políticos desde una vertiente clásica (Sócrates, Platón, Patrística cristiana) que ha sido ignorada ante el auge del psicologismo conductista en las ciencias políticas

El actor llamado maestro es un agente fundamental en la historia del advenimiento de los Estados modernos. No podemos comprender el avance de la civilización contemporánea y la evolución, incluso asfixiante del Estado moderno, sin la figura del maestro. Un sujeto que hace patria, forja identidades y cumple funciones de acogida en nuestras sociedades marcadas por el derrumbe violento de los sistemas de parentesco a todo lo largo del siglo XX.

La memoria de la representación política del maestro, más allá de su vinculación contractual y salarial, se nos ha olvidado. Su figura “simbólica”, se ha erosionado dada su carga contractual como “burócrata del Estado”, del partido o del sindicato, condición que ha evolucionado desde la aparición de los sistemas nacionales de escolarización ligados al surgimiento burocrático del Estado moderno, en el que la escuela se articuló “a un modelo estatal que, por primera vez, con el rey Federico Guillermo I de Prusia (1668-1740), estableció la obligatoriedad escolar” (Cárdenas, 2024).

La intención de este monarca europeo tuvo el loable objetivo de alfabetizar y vincular a todos sus súbditos a los incipientes sistemas escolares, que a partir de ese momento se encuentran en rápida evolución. Otra intención era fortalecer el poder del Estado monárquico que él encabezaba al constituir en la figura de los maestros a un representante del Estado. Los que somos conscientes del poder de Leviathan, (con toda su ineludible violencia y monopolio de las armas que en Colombia ha sido un proyecto fallido, que ha implicado el asesinato de miles de maestros y maestras bajo el accionar del terrorismo de Estado, la acción violenta de las guerrillas y los paramilitares), la realidad y el ideal de la representación política del maestro es un tema apasionante para la reflexión antropológica, filosófica, y teológica, situada desde el horizonte de la ciencia política clásica. Si el tema de la representación política es uno de los problemas centrales de la ciencia política, resulta entonces, y dado el sentido geopolítico, cultural y existencial que cumplen o deberían cumplir los maestros, fundamental pensarse está relación para nada sencilla, reconociendo que la labor de los maestros es determinante en el rumbo futuro de la nación.

En el “campo de la acción educativa y pedagógica”  el maestro debe ser consciente de los entramados ideológicos y de las batallas culturales, que muchas veces han sido promovidas por los osarios estatales −expresados en cartillitas aparentemente muy neutrales−, “cuyos géneros ideológicos” distorsionan el verdadero género humano al constituir, dada la normalización iconoclasta que rodea al hecho educativo y pedagógico, un discurso y una narrativa unívoca que frena las posibilidades de expresión de otras historias que deben ser reconocidas y promovidas por los maestros, especialmente en un país tan hermoso, diverso y complejo como Colombia. Así, la lucha del maestro es contra las ideologías individualistas, los planteamientos esquemáticos en lo educativo y pedagógico.

Tienen que luchar los maestros con directrices estatales frecuentemente equívocas, reconociendo que devienen de la matriz de la modernidad (la extrema modernidad en las voces ya sea de las izquierdas o derechas radicales, o los actuales movimientos woke), con la cual la educación personalizada, experiencial y centrada en la concienciación humana tiene que luchar.

El maestro es una figura que debe de apartarse de moldes autoritarios, comprendiendo que su trabajo lo sitúa en una representación política vinculante a principios ontológicos y metafísicos que le brindan un campo de acción y libertad que desborda las respetables directrices del Estado neoliberal o marxista, colocándolo como sujeto histórico, promotor de la verdad, la libertad y la toma de conciencia personal, comunitaria, cultural y ambiental.

Todos los colombianos deberíamos pasar una breve temporada en una escuela rural, por lo menos un día, o unas cuantas horas conviviendo o simplemente observando las labores de los maestros en las escuelas de las periferias de nuestras ciudades. La labor que hacen en aulas o escuelas muchas veces destartaladas, sin zonas verdes, tiene mucho que enseñarnos. Observarlos de manera atenta, colaborando con sus tareas, viéndolos crear y empalabrar a nuestros niños, coloreando y pintando mundos de aventuras en la conciencia de ellos.  Esos “solitarios e incomprendidos maestros”, sujetos hoy a las ideologías del rendimiento, son uno de los actores que tienen las llaves “maestras” que nos permitirían transitar hacia los fines constitucionales de la prosperidad, la paz y educación digna para todos.

Todos estamos llamados a ser maestros, por lo tanto, todos tenemos la misión dirigida a elevar la conciencia y la vida cultural-espiritual de nuestra sociedad. Habilidades y competencias son lo básico del proceso instruccional, el elemento fundante de la supervivencia, pero el sentido de la existencia del maestro nos señala rumbos más plenos y sublimes. Por lo tanto, todos tenemos la tarea política y existencial de elevar nuestra propia concienciación, nuestro nivel cultural y espiritual, compromiso que nos sitúa en un plano relacional y comunitario que desborda los modelos sicologistas, economicistas y culturalistas. De nuevo, “saltar al cielo” como señalan nuestros maestros en la primera infancia, implica saltar a un peldaño más elevado que la simple competencia o entrenamiento en el cliché del gueto neoliberal o “marxistoide”.

Y sucedió que, con estas ideas e imágenes no elaboradas en su momento en la mente, un martes, caminando a pagar impuestos, cuentas bancarias y de celular, pasé junto a un jardín infantil. La maestra jugaba con los niños y estos, alegres, saltaban. Yo alcancé a escuchar cuando ella dijo: −A ver, a tocar el cielo. ¿Quién toca el cielo? Los niños respondían saltando y alzando sus brazos: −Yo, yo.

Son los maestros los que les vienen enseñando a tocar el cielo a nuestros niños, expresión del cosmos y la Providencia, verdad cósmica tan evidente y tan poco reconocida. Gracias a su trabajo, no todo es calamidad y miseria en nuestra patria. El maestro(a) es un símbolo político fundamental para todas las naciones del mundo. Su labor no es medible del todo bajo los criterios de las ideologías del rendimiento, tan en boga en los enfoques educativos centrados en competencias, calidad educativa, resultados de aprendizaje y modelos clínicos de enseñanza, que reducen la educación a un factor de producción, adoctrinamiento o entrenamiento exclusivamente.

Referencias

Cárdenas Támara, F. (2024). Existencia y representación política en el maestro. Revista Albertus Magnus, 15(1), 7 30. https://doi.org/10.15332/25005413.10416

González, F. (1941). El maestro de escuela. Eafit.

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