Por Jorge Yarce. Presidente ILL
En un reciente programa de radio con la periodista María Isabel Rueda y la Ministra de Educación, se trató el tema del rendimiento de los bachilleres en la universidad colombiana. Se decía que no saben leer, ni hablar, ni escribir, ni –lo que es peor- pensar. Lo dicen los profesores que los reciben en los primeros semestres y que tienen que lidiar con su bajo rendimiento.
¿Culpa de los muchachos? De todo el mundo: padres de familia, profesores y del sistema educativo que no los prepara bien. Parce que les da muchos conocimientos, les desarrolla ciertas habilidades, sobre todo en áreas como la informática y el inglés, pero falla en aspectos fundamentales como los citados al principio.
Tampoco vayamos a pensar que es problema de las evaluaciones. Después de varios años de hacerlo por los llamados logros que daba lugar a la promoción automática y a que no quedara por fuera un porcentaje superior al 5 por ciento de los alumnos, ahora acaba de salir el nuevo decreto en que los criterios de evaluación se devuelven a los centros. La fiebre no está en las sábanas.
En ese programa se dieron buenas noticias en cuanto a una mayor preocupación de la universidad por acercarse a la educación secundaria para tratar de ayudar a corregir en la base los problemas. Hay muchos casos de universidades que van a buscar en los colegios sus futuros alumnos, y algunas que participan en la administración y mejora de los planteles. Plausible pero falta mucho por comprometer al nivel superior con el nivel medio.
En cualquier caso la pregunta básica no es si los muchachos saben mucha informática y aprovechan bien su relación con el mundo de las pantallas (TV, PC, videojuegos, celular, cine…) sino qué formación se les está dando como personas, como seres pensantes, como miembros de una comunidad necesitada de justicia y de un clima de paz. En este sentido los muchachos de los colegios e incluso los de la universidad no están en nada. Los problemas del país les importan un pito. No hay liderazgo y la educación en valores deja mucho qué desear.
La pregunta que hay que hacerse es ¿para qué educamos? Si es para la buena vida, para la superficialidad, para el consumismo, para el éxito económico, no para estructurarse mental y emocionalmente, para comprometerse con su entorno, para ayudar a construir país, entonces apague y vámonos.
Si los colegios se preocupan más por el inglés, por internet y por las instalaciones materiales, por el bus y el restaurante, y los muchachos por pasarlo bien, por divertirse y jugar, y los profesores por hacer las clases entretenidas, por ahí no llegaremos a ninguna parte que valga la pena. Hay que trabajar seriamente por la calidad humana, porque los estudiantes logren hábitos y disciplina de vida y cultiven valores que los hagan mejores personas, mejores hijos, mejores amigos y mejores ciudadanos.

Jorge Yarce – universidad@universidad.edu.co
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