La idea de Universidad en Michael Sandel: Catalina Valdés – oct/21

En el portal español universidadsi.es, Catalina Andrea Valdés Merino analiza el rol del mérito en la vida universitaria y la forma como las universidades contribuyen o no al diseño de una sociedad más equitativa al aplicarlo, a partir del más reciente libro del filósoso norteamericano Michael Sandels.

En su publicación más reciente “La tiranía del mérito: ¿qué ha sido del bien común?” de la Editorial Debate, Michael Sandel, profesor de filosofía política en Harvard y galardonado con el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en el año 2018, echa abajo la convicción fuertemente arraigada en la cultura estadounidense de que la universidad, como institución de educación superior, es el único motor de movilidad ascendente que existe.

Con esta afirmación, y a la luz de los escándalos de corrupción en admisiones universitarias ocurridos en el año 2019, Sandel se explaya sobre lo que él entiende como la tiranía de la meritocracia, y sobre el daño que esta le ha causado a la sociedad y a la preservación del bien común.

La puerta lateral de admisión

En el año 2019, varios fiscales estadounidenses acusaron a alrededor de treinta padres y madres acaudalados de haber cometido acciones fraudulentas para conseguir la admisión de sus hijos e hijas en las universidades más prestigiosas del país, como Yale o Standford, causando un gran escándalo en la sociedad estadounidense.

Según los fiscales, los aludidos conspiraron con el empresario William Singer quien ofreció una serie de servicios a cambio de generosas sumas de dinero. Estos servicios consistían en maniobras tales como sobornar a quien supervisaba la realización de las pruebas de ingreso, cohechar a los entrenadores deportivos, la elaboración de diagnósticos falsos de dificultades de aprendizaje e incluso el uso desfachatado de la tecnología para falsificar credenciales y modificar imágenes para simular algún talento deportivo.

La vasta mayoría de los adultos ocultó a sus hijos estos crímenes, quienes se enteraron de su situación recién cuando se destapó la olla a presión, descubriendo abruptamente que su hazaña académica no había sido el fruto de su esfuerzo.

Para los padres, la lógica de encubrir que los jóvenes habían sido admitidos en la universidad de forma ilícita respondió al deseo de no perder el honor meritocrático de haber sido admitidos en un establecimiento de renombre.

Este pseudo honor consiste en la convicción de que su victoria se debe exclusivamente a su sudor, y que por ende guarda nula relación con circunstancias que están más allá de su control. Circunstancias como su situación socioeconómica, que les ha permitido acceder a cursos de preparación, otorgándoles ventaja frente al resto de estudiantes. Es decir, que gracias a su trabajo duro fueron capaces de cumplir con cada uno de los requisitos exigidos por la institución para ser dotados de una plaza.

Crítica del mérito

En efecto, lo que inspiró el tumulto fue la retórica de que solamente con esfuerzo se puede ascender en la jerarquía social.

Este cimiento de debida recompensa está compuesto de una “retórica del ascenso” y una “retórica de la responsabilidad” (p. 85). A saber, la creencia de que quien luche podrá gozar de éxito y la idea de que cada persona es la única responsable de sus circunstancias, respectivamente.

En una sociedad desigual como la que se exhibe, quienes han acaparado el éxito quieren creer que esta proeza se debe sólo a su gran empeño, que es “un indicador de su virtud” (p. 37). Lamentablemente, se olvidan del papel que la suerte, o la contingencia, como también su status, han tenido sobre su destino final.

Para Sandel, la meritocracia como tal es un dispositivo dañino, en especial para los jóvenes, dado que los persuade de que sólo pueden culparse a sí mismos si no son capaces de alcanzar sus objetivos.

Es además corrosivo para el bienestar de la comunidad ya que, al percibirnos como sujetos autárquicos, se engendra la tendencia a preocuparse cada vez menos por el resto. De tal suerte que una meritocracia en la cual la ubicación en la jerarquía social sea la expresión misma del talento, impacta de forma negativa sobre el modo en el cual concebimos el éxito y el fracaso

Ganadores y perdedores

Tal noción de agencia humana, vista desde una óptica moral, es grave puesto que da a entender que la persona recibirá únicamente aquello que se merece. Es más, es posible advertir similitudes con las máximas presentes en el texto bíblico. Una de ellas, es la dinámica de recompensa y castigo. Aquel que acate la palabra de Dios y venere su figura, será recompensado, pero aquel que se desvíe del camino divino, será castigado y será culpabilizado de sus desgracias.

Según esta lógica, la víctima es responsable de su miseria y, por ende, no es merecedora de ningún tipo de auxilio. Esta es la “faceta cruel de la meritocracia” (p. 98), la cual exonera al resto de cualquier incumbencia. Esta presunción de naturaleza divisoria, si bien celebrará el triunfo de los ganadores; quienes se tornarán soberbios, también denigrará a aquellos que se queden atrás, quienes serán vistos con incomprensión y cuya estima social será hecha añicos, sembrando el resentimiento en sus corazones.

La universidad como privilegio

Para el autor de “La tiranía del mérito”, la opinión pública centró su cólera, erróneamente, en el acto fraudulento mismo, cuando debería haberse centrado en qué fue lo que motivó el fraude. Para él, el leitmotiv fue algo transversal a cualquier madre o padre, independiente de su poder adquisitivo; el deseo de ver a su hijo o hija entrar a una universidad selecta.

Cabe recordar que, hasta hace unos años atrás, no existían los rankings universitarios, mientras que hoy en día es una práctica común elegir la casa de estudios en función de su posición en una lista. Actualmente, este instrumento goza de legitimidad y tiene un impacto sobre la imagen de la institución, incidiendo sobre la toma de decisión de los estudiantes; atrayendo o repeliendo el talento.

En consecuencia, Sandel se pregunta qué motiva que sea tan codiciada la admisión en una universidad de prestigio y no en cualquier universidad. El núcleo de la respuesta parece estar en la creciente desigualdad; en el ensanchamiento de la línea que separa a los más ricos de los más pobres, situación que ha causado una diferenciación evidente entre quienes son dueños de un título universitario y quiénes no. Esto ha conseguido que se le otorgue un valor extremadamente alto a estudiar en una institución de tales características, procediendo a la proliferación de “padres y madres helicóptero” (p. 134).

La doble tiranía del mérito

Tal como señala Sandel, este estilo de crianza procede de padres intrusivos, controladores al nivel de la asfixia, que someten a sus hijos a gran presión para la obtención de buenas calificaciones y que se sienten responsables tanto de sus éxitos como de sus fracasos académicos y laborales.

Así, estos adultos, horrorizados con la precariedad de la clase media y con el propósito de ahorrarle a sus hijos las penurias, son capaces de tomar medidas desesperadas. La admisión en una universidad prestigiosa, más allá de permitirles acceder a una educación de calidad, les facultaría para acceder a una importante red de contactos. Esto les abriría la puerta a grandes oportunidades profesionales de la mano de importantísimos empleadores, ya que estos confían en la función clasificadora de tales universidades.

Visto de esta forma, al título universitario se le termina atribuyendo el valor “como una vía de acceso tanto al desarrollo profesional como a la estima social” (p. 23).

Por esta razón es posible la “doble tiranía del mérito” (p. 236). Dado que quienes no estén a la altura del reto, serán víctimas de humillación pública y quienes sí puedan celebrar el triunfo de ser admitidos, deberán luego lidiar con las secuelas psicológicas de cumplir con los estándares exorbitantes de esta “máquina clasificadora” (p. 199).

La admisión por sorteo

Para el catedrático de Harvard, la solución al asunto es instaurar una suerte de lotería, “una lotería de los cualificados” (p. 237). Sandel propone, en primer lugar, reunir cada solicitud, pero desechar la solicitud de quienes no cuentan con las aptitudes necesarias para tener un excelente rendimiento académico en una universidad de elevados estándares y que no significarían una contribución valiosa para el aula de clases. Tras haber hecho este filtro, simplemente escoger al azar al alumnado que compondría la promoción entrante. En otras palabras, invita a echarlo a la suerte.

La implementación de esta tómbola contribuiría a luchar contra la tiranía del mérito y respondería también a la noción de que no hay manera de que quienes están a cargo del proceso de admisión sean capaces de elegir acertadamente quiénes harán las contribuciones más relevantes a la institución.

En la visión de Sandel, esta novedosa fórmula no desconoce el mérito, sino que lo utiliza “como un umbral para la cualificación, y no como un ideal que haya que maximizar” (p. 238).

En función de lo planteado, uno de los múltiples beneficios de la propuesta sería hacer muchísimo más ameno para los jóvenes el tránsito de la escuela a la educación superior, transformándolo en una experiencia menos traumática.

Sin embargo, Sandel es consciente de que esta solución despertaría detractores, y se anticipa a las críticas que podría recibir. Por ejemplo, a aquellos que teman que la calidad académica pueda declinar les propone un simple experimento: admitir a una mitad con el sistema actual y a la otra mitad mediante sorteo, para posteriormente comparar el rendimiento académico de ambos grupos y así sacar conclusiones.

Reformulando la concepción de éxito

Sumado a esta proposición, Sandel señala que, como sociedad, se debe buscar la manera en que tener éxito en el curso de nuestras vidas no dependa directamente de la posesión de un título universitario. En otras palabras, dar término a la “utilización de las credenciales académicas como arma” (p. 65), lo cual posteriormente permitiría “valorar diferentes tipos de trabajo” (p. 246).

En virtud de que la instrucción universitaria se ha vuelto una especie de prerrequisito para juzgar el valor de un individuo, el profesor aconseja poner fin a la diferenciación, tanto en financiamiento como en reputación, existente entre las universidades como tal y otros ambientes educativos de pregrado, que, en la actualidad, son más bien vistos como premios de consolación.

Evidentemente, esto también significa despojarnos de la convicción moderna de que la producción incesante de dinero nos hará felices y que únicamente asistiendo a la universidad podremos aspirar a recibir un sueldo digno. Las credenciales académicas no pueden seguir determinando el acceso a los empleos bien remunerados.

Esta reacomodación implicaría, por ejemplo, dejar de considerar como no calificados a quienes trabajan en el área de servicios, y como altamente calificados a quienes cuentan con una certificación para realizar una labor técnica. La invitación sería a reflexionar que, quizás, aquel empleado de comida rápida ha desarrollado niveles elevados de habilidades blandas – altamente solicitadas en el mercado actual –, y de las cuales su contraparte carece.

El llamado es a dejar de pensar que el alma mater de una persona define el peso de sus aptitudes. El escándalo mismo avala que no se continúe permitiendo, dado que demostró cómo realmente funciona el sistema de admisión.

La epidemia oculta

En síntesis, la publicación de Sandel abre múltiples aristas de discusión. Una de ellas es la interrogante de hasta qué punto el mérito tiene relación con la admisión universitaria, luego de que el escándalo pusiera de relieve que no importa cuánto la persona se esfuerce, porque siempre habrá alguien que podrá llegar más lejos esforzándose menos.

Entonces, la lección es que la universidad no permite la movilidad social, sino que sólo consolida los privilegios de los aventajados. Por ende, no tiene sentido continuar dotando de prestigio a una institución que glorifica la riqueza.

Por último, es importante abrir la conversación en torno a las secuelas de la hiperselectividad. Los jóvenes se endeudan por ingresar y, del porcentaje que se gradúa, pocos obtienen un empleo asociado a su título y deben lidiar con la deuda del crédito. Pero, lo que es más grave, viven desafíos de salud mental derivados de años en búsqueda de perfección, ahogados por la presión por rendir, producto directamente de nuestra nociva concepción de éxito.

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