La universidad relativista y de la posverdad: reflexiones y añoranzas. Felipe Cárdenas – junio/22

Felipe Cárdenas- Támara, Director del Observatorio-Red Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente, advierte cómo algunas universidades colombianas todavía no saben cómo superar las taras disciplinares con las que quieren formar a sus estudiantes, y enfrentar una cultura radicalmente diferente a la de hace dos y tres décadas.

Allan Bloom, el gran filósofo, pensador clásico y académico estadounidense en su libro The Closing of the American Mind (1986) realizaba un profundo diagnóstico de las condiciones de la educación universitaria en los Estados Unidos, para el periodo comprendido entre los años sesenta y ochenta del siglo XX. Una época sin internet, sin redes sociales y sin grandes medios tecnológicos comunicativos como los que hoy disponemos. Inimaginable por aquellos días la transformación que se avecinaba en el lapso de uno pocos años. Precisamente, unos diez años después de fallecido Bloom (octubre 7 de 1992), la revolución del Internet transformaría la faz de la Tierra.

También, quedarían atrás los tiempos educativos, que todavía para los años noventa, vivían como expresión formativa innovadora las dinámicas de la extensión universitaria, marcada por la educación por correspondencia, cuyo modelo se había configurado en el siglo XIX y que podía considerarse aún como una de las grandes innovaciones educativas, que mantenían todavía algunas universidades mundiales a finales del siglo XX y, de la que incluso, nos vimos favorecidas personas como yo.

La aparición del Internet y la masificación de las redes sociales, con todas sus bondades, oportunidades y posibilidades, tendría en la vida de todos los estudiantes y miembros de la comunidad universitaria, un efecto inmenso en el marco de la transformación de la experiencia educativa, agregando otro canal y medio en todas sus bondades. Este sería utilizado por el mundo de las ideologías para consolidar muchos de los mitos que acompañan nuestro mundo cotidiano, y que, desde luego, incidiría en la rápida transformación institucional y societaria en todos los niveles, dimensiones y capas del universo humano.    

El profesor Bloom con sus más de 30 años como académico, discípulo de Leo Strauss y profesor de las universidades de Yale, Cornell, Toronto, Tel Aviv y París, iniciaba su libro con un argumento que reflejaba la valoración crítica del estado del estudiantado con el que ejercía su actividad docente. Afirmaba lo siguiente: “¿Qué tienen en común los estudiantes que un profesor universitario tiene en su salón? Una certeza es que prácticamente todos los estudiantes que entran a la universidad creen o dicen creer que la verdad es relativa. Algunos son religiosos, otros se declaran ateos, hay unos que dicen ser de derecha, otros de izquierda, unos quieren ser científicos, otros hacerse humanistas y otros empresarios. Lo que los une, es su relativismo orientado a la búsqueda de la justicia social. Adiós a toda referencia sobre criterios absolutos, a la búsqueda de la verdad, o a la creencia en una ley natural, cuya base fue fundamental para la construcción de la nación norteamericana”.

Las siguientes 380 páginas del libro se desarrollan para probar el anterior argumento. Parece ser que el sistema universitario que describe el profesor Bloom todavía tenía en mente los ideales clásicos y liberales en sus propósitos educativos. Como pensador clásico, experto en la antigüedad y en el medioevo, afirmaba, quizás con ingenuidad para nuestros tiempos de hoy, marcados por el didactismo extremo, que lo mejor que podía hacer un profesor universitario era <<brindarle buenas referencias textuales, o libros a sus estudiantes>>. En el análisis que realizó, afirmaba, que el profesor universitario se encontraba frente a un estudiantado que ya había sido adoctrinado en el relativismo ético, moral y valorativo en sus colegios.

Según él, era lo que proporcionaba el sistema escolar norteamericano, fuertemente ideologizado por corrientes relativistas, que tuvieron como efecto práctico la construcción de subjetividades absolutamente intolerantes a cualquier tipo de planteamiento que tratara de definir un marco antropológico centrado en la definición de verdades o nociones de realidad, con algún tipo de desarrollo riguroso. Habla de un estudiante intolerante y que en el fondo no tiene mayores argumentos para justificar su posición ideológica.

Desde luego que la universidad que describe Bloom, aparentemente en deuda con la tradición educativa liberal, ya había sido penetrada, en diversos campos del saber de una pose relativista que impregnaba ideológicamente el currículo y los planes de estudio de varias disciplinas científicas y humanistas.  

En el escenario de las grandes transformaciones socioculturales que ha experimentado la humanidad en el lapso de tan solo 30 años, se mantienen ciertas continuidades en relación con el estudiantado que describe Bloom. Como expresión de las discontinuidades, el estudiante de hoy, dados los lineamientos de educación globalista que se han impuesto en las a-gendas del Estado por parte de organismos internacionales y que nuestras universidades de manera obediente aplican sin chistar ni mistar, es ignorante de la historia mundial y nacional, como de lo mejor de la tradición intelectual de occidente.

Con alta probabilidad, el estudiantado que tiene uno en el salón de clase hoy, además de carecer de conocimientos históricos o geográficos, de importarle poco los temas morales o relativos a la verdad, ‒tal como lo planteaba Bloom‒ han sido bombardeados por una cascada de fuerzas ideológicas que configuran sus mitos cognitivos y cierta intolerancia hacia planteamientos complejos de orden gnoseológicos, epistemológicos, o metafísicos. Es probable que algunos de los estudiantes (o profesores) que están en el salón de clase, a diferencia de hace treinta años atrás, sea un fuerte adicto a la pornografía más extrema y consuma mucho de su tiempo navegando por los intrincados laberintos del internet, divirtiéndose con toda clase de juegos violentos y consumiendo su tiempo mirando series de Netflix. Gracias al Internet serán autodidactas y muy sensibles a muchos problemas del mundo: tocarán el piano, el ukelele, la guitarra en lecciones aprendidas en You Tube. Estarán muy preocupados por la vida de ballenas, pingüinos y el calentamiento climático de la Pacha Mama. Una generación en muchos aspectos mejor que la nuestra.

Puede ser que una de las alumnas ya se haya practicado uno o más abortos.  Los efectos del psicoanálisis freudiano, la revolución sexual, como la ideología de género y la posverdad, tendrá a más de uno enredado y confundido con respecto a su identidad personal.  La continuidad del relativismo se ha exacerbado, su discontinuidad, como expresión de ruptura en los tiempos actuales se expresará, a mi modo de ver, en que la propia universidad se ha tornado relativista y amante de los juegos y cariños efímeros de la posverdad. Y la posverdad es una mala amante, nos convierte en pueblos derrotados, ignorantes, sin suelo, sin Cielo, sin herencia que transmitir.

Quienes nos formamos en los años noventa en Colombia, ya como estudiantes y personas nos tocó vivir la experiencia como acto educativo del quiebre y de las fracturas epistemológicas que las ciencias sociales, como por ejemplo la antropología, ciencia en la que me formé,  heredaban en procesos de discusión que tenían derivas históricas que venían desde la ilustración, y que ni siquiera nuestros profesores eran conscientes de ella en referencia a los efectos prácticos que el occidente revolucionario y extremo tenía en sus vidas y percepción de la realidad. 

Habiendo tenido la fortuna y la suerte, como el dinero materno (mi amada madre siempre se quejó de la profesión que escogí) para estudiar en una de las mejores universidades del país, tuve que vivir y experimentar desde aquel entonces, el relativismo moral de nuestros profesores, particularmente los que estudiábamos ciencias sociales. Los estudiantes de mi promoción, no tuvimos que vivir ni nos tocaron directamente las disputas ideológicas que ocasionaron unos años antes que entráramos a estudiar, la salida del fundador del departamento de antropología, el profesor Gerardo Reichel Dolmatoff, quien abogaba por una antropología científica, y quien tuvo que enfrentarse a sus estudiantes maoístas, que querían impregnar el departamento de antropología de la Universidad de Los Andes con un compromiso revolucionario. La vigencia del conflicto en mención, unos 20 ó 30 después terminaría cobrando la vida académica de unas de las mejores profesoras que tuvo el departamento de antropología en la historia que me tocó vivir, la hija de Reichel-Domatoff, la profesora Elisabeth Reichel. Una víctima de las disputas ideológicas, entre los machos alpha del departamento, en un reflejo ya tardío, de lo que fueron los fuertes debates ideológicas que marcaron el rumbo y la vida de las ciencias sociales en Colombia en la década los setenta a los noventa y que en el fondo  configura las injusticias hermenéuticas, epistemológicas y testimoniales que son el pan de cada día en la vida universitaria colombiana y que pueden comprenderse  a la luz de la obra de Miranda Fricker (Epistemic Injustice: Power and the Ethics of Knowing, Oxford University Press, 2007; Cárdenas-Cárdenas, en prensa).

Resulta que cuando uno tiene 18 años, se selecciona o se opta por una carrera sin saber que, el currículo y la disciplina que va a marcar el itinerario de vida personal, puede estar teniendo profundas fracturas epistemológicas como disputas ideológicas, es decir, una carrera universitaria puede ser el reflejo de conflictos sociales para los cuales el primíparo (a) no tiene que tener plena conciencia o  advertido sobre las cortinas de humo que las instituciones educativas recrean en sus improvisaciones curriculares y limitaciones propias de lo humano, pero eso sí con graves efectos en la vida de jóvenes que confían en la seriedad de la academia. Las crisis disciplinares de las ciencias sociales están fundamentalmente en referencia al tema de la verdad y al estatus científico de la disciplina que se ha escogido, y cuyo relativismo tiene raíces de varios siglos y que tienen que ver con horizontes políticos y de religión que explican los grandes conflictos sociales y geopolíticos que ha vivido occidente.  

En mi caso, mi formación, gracias a la oferta que ofrecía la Universidad de los Andes en el manejo de los créditos académicos, me permitió formarme como persona, más que como antropólogo en cursos que todavía recuerdo y que impartieron profesores de otras facultades y que marcaron mi vida: José Lorite Mena en Filosofía; Sergio de Zubiría, también en Filosofía; Alejandro Sanz de Santamaria, en Economía; Eduardo Álvarez Correa (q.e.p.d.), en Derecho; Felipe Guhl en Biología y Ernesto Guhl en Geografía. Los estudiantes de aquellos días teníamos el compromiso de aprender. Punto. Maestros, sin grandes medios didácticos, no disponían de Internet, no existía el Power Point, lo más novedoso y espectacular eran los acetatos o las diapositivas fotográficas que se reflejaban mediante un carrusel, y cuya calidad óptica en el caso de las ultimas, para los que somos amantes de la fotografía, nunca han sido superadas. Grandes maestros, grandes personas, grandes académicos en todo el sentido de la palabra.  

El Animal Paradójico de Lorite, libro de antropología filosófica recientemente publicado en España por aquellos días, me marcó profundamente y todavía lo conservo y consulto como un referente lleno de poderosos argumentos científicos y aristotélicos que siempre iluminan.  Fue un libro, presentado por el autor, en tiempos de su residencia en Colombia y de su estancia o año sabático en los Andes, que definitivamente grabó mi trabajo como profesor de antropología y de antropología filosófica. El profesor Lorite, leía en voz alta un pasaje de su texto y lo explicaba. Nunca se paró de su escritorio, no usaba el tablero, pero todos los estudiantes lo escuchábamos como si fuera un signo viviente del oráculo de Delfos.  

Sergio de Zubiria, en su riguroso trabajo con los textos de Marx y de Freud me brindó claves de lectura indelebles en nuestra formación como profesionales: él leía los textos de Marx y Freud, revelándoles a sus estudiantes sus más profundos pensamientos. Eran lecturas en voz alta, y me proporcionaba un universo de imágenes e ideas que llenaba mi intelecto, lo enriquecía. 

Las clases de Derecho Romano del profesor Eduardo Álvarez Correa (q.ep.d), me marcaron profundamente, fueron para mí la referencia rigurosamente etnográfica y etnológica que un estudiante de antropología anhelaba en su proceso de formación como científico en su referencia concreta a una civilización del pasado como la romana.  Si no recuerdo mal acababa de llegar de Zaire o algún otro país africano, en donde había colaborado y asesorado la construcción constitucional de ese país.

Las clases de biología de Felipe Guhl y de geografía económica de su hermano Ernesto Guhl, serían fundamentales en mis futuras acciones en el campo de los estudios ambientales y en el estudio de la medicina homeopática que años después cursaría, en una aventura de vida que está vigente y que he puesto al servicio de la sociedad colombiana, incluyendo mis aportes en el campo de la formación y del debate político del país. Y me quedo sin palabras para referirme a las almas gigantes de Ramón de Zubiria (q.e.p.d.), y Abelardo Forero Benavides (q.e.p.d.), maestros y humanistas, educadores, pensadores, periodistas, políticos, fundadores…amigos.

Gracias a las enseñanzas de la obra de José Lorite Mena, algunos años después lo que aprendí me ayudó a configurar mis clases de antropología filosófica en la Universidad de La Sabana y a participar activamente en los debates que realizaban los filósofos de la universidad, para configurar la materia de antropología filosófica que hacia parte del plan de humanidades. Curso que marcó la formación de toda una generación de estudiantes de la Universidad de La Sabana y que tristemente los filósofos no supieron defender y valorar, teniendo en cuenta que la antropología filosófica, tal como la que habíamos construido, no tenía ningún otro espacio académico en Colombia. La Universidad de La Sabana era pionera en Colombia en ese tema. No digo más. Todo esto, en el marco de los ricos, profundos debates y discusiones que propiciaba la filósofa Inés Calderón como directora del Instituto de Humanidades y del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Sabana, una intelectual y mujer increíble.  

No encontré en los Andes la formación en el campo de la teología que anhelaba. Me tocó incursionar en la Javeriana y en su Facultad de Estudios Eclesiásticos, en concreto en una carrera de ciencias religiosas a distancia que ofrecía la universidad en convenio con el Instituto José Ortega y Gasset de España. Nunca terminé esos estudios, pero me dejaron la permanente inquietud de profundizar en el conocimiento teológico, en lo trascendente, ya que el enfoque inmanente de la antropología cultural, no me saciaba del todo. Tocó posteriormente viajar por fuera del país a continuar mis estudios de doctorado en semiótica en la Universidad Nacional de Córdoba en Argentina y viajar hasta Etiopia, con el apoyo de la Universidad de La Sabana, para profundizar en las bases ambientales del cristianismo, y descubrir como antropólogo la gran omisión que tiene la Encíclica Laudato Sí, del papa Francisco, al no tener ninguna referencia a la huella empírica que aporta el cristianismo tewahedo ortodoo al pensamiento ambiental mundial.  ¡Mucho tenemos que aprender de Etiopia y del cristianismo oriental!

Hay temas que me ha tocado abordar en parte por correspondencia, y a distancia, dado que el sistema universitario colombiano todavía no oferta, como sucede en México por ejemplo la carrera de Medicina Homeopática desde el pregrado.  En ese sentido, somos una sociedad miope que todavía no abre su mente a las dinámicas del conocimiento emergente que deberían verse reflejadas en las ofertas académicas de la universidad. Todavía tenemos directivos y rectores universitarios que frenan la posibilidad de que campos emergentes del conocimiento, comprobadamente científicos, y que, como ciencias particulares, puedan tener un espacio en el claustro universitario y contribuir de esa manera en la solución de los problemas que aquejan a Colombia.

Gracias a la formación que recibí en la Universidad de los Andes he podido transitar y realizar aportes como intelectual y científico en Facultades de Estudios Ambientales (Javeriana), filosofía, educación (Universidad de La Sabana), ciencia política y economía (Diversas universidades de Colombia).  Gracias a la apertura humanística de la Universidad de los Andes, desde aquel entonces pude complementar mi formación disciplinar como antropólogo desde los horizontes del derecho, filosofía, economía, ciencias políticas, medicina homeopática, música, teología y artes. Mis mejores maestros y materias se ofrecían por fuera del departamento de antropología y gracias ello soy el antropólogo que soy.

Fue para mí una salvación en mi proceso de formación como persona y profesional encontrarme con una universidad que había resuelto el tema de la hiper-especialización disciplinar, desde hacía más de cuarenta años, en su sencillo juego de libertad y de confianza hacia el estudiante en el manejo de sus créditos académicos. Algunas universidades colombianas todavía no saben cómo superar las taras disciplinares con las que quieren formar a sus estudiantes. El secreto está en dejarle manejar a los estudiantes algunos de sus créditos y de la que la universidad disponga de una amplia oferta educativa materializada en electivas. Y a partir de ahí, puede empezar la aventura del verdadero conocimiento personal y sin la odiosa interferencia de expertos o asesores académicos, que en algunos casos quieren proyectar sobre el estudiante sus frustraciones, deseos y prejuicios disciplinares: ‒No tomes materias de historia porque tú eres abogado.

Si mi formación se hubiera reducido a lo que brindaba la carrera de antropología, mi visión de mundo hubiera sido mi pobre. Creo que la antropología, y lo he demostrado en mis publicaciones, es la ciencia maestra de las ciencias sociales, siempre y cuando supere el modelo cientifista de las ciencias naturales, que en algunas de sus escuelas no tiene una clara conexión filosófica ni lógica con las llamadas ciencias del espíritu. De igual manera, tiene como efecto la corrosión del alma por parte de una ciencia positiva, que no tiene alma, y tampoco puede llegar a suscitar debates universales, ni fijar discusiones políticamente relevantes.

Gracias al espíritu humanista que brindaba la universidad desde su modelo fundacional, pude transitar como persona en formación y superar los burdos materialismos positivistas, cuyas piezas inconexas, en referencia a un indigenismo caduco, les hace daño a las propias comunidades indígenas. También, sobrevivir a un relativismo metodológico que quiere imponerse como normativo en lo ético y teórico. Todo se pudo oxigenar, dado el talante humanista que definía a la universidad que conocí.  Con los años, desde esta breve matriz autobiográfica que presento, y ya como profesional, pude enriquecerme como intelectual en los diálogos que se propiciaban con la visita de profesores de la calidad y altura intelectual, como el filósofo español Alejandro Llano y otros representantes de lo mejor del pensamiento hispánico, que visitaban con regularidad la Universidad de La Sabana.  

Con esta breve y rápida referencia biográfica, que ya suma más de 30 años, quiero retomar las ideas de Bloom, poniendo sobre la mesa, la idea de que probablemente esa universidad humanista (y no estoy hablando de la Universidad de los Andes en este punto, sino del modelo de universidad hegemónica, y que puede estar haciendo del profesor un operario, y cuyo proyecto pareciera que viene implementándose en el mundo), está hoy agonizando, dado el auge de un modelo instruccionista (obstruccionista), que poco a poco ha venido conquistando, infiltrando y colonizando la universidad contemporánea.

Bloom, jamás se imaginó que las transformaciones culturales y comunicativas que no alcanzó a vivir, dado que murió sin conocer el internet o el grado de difusión o impacto que ha tenido, no harían simplemente relativistas a sus estudiantes, sino a todo el sistema universitario. ¿Qué nos queda?  Un sistema que no confronta noéticamente a su estudiantado desde el pensamiento crítico. Que puede llegar a estar totalmente inconexo en sus más profundos sentidos educativos, y cuya base no deberían de ser solamente las pedagogías visibles, es decir la disciplina o profesión que cursa un estudiante. 

¿Qué hacer?  Recuperar lo más importante, el lugar preponderante que deberían ocupar las pedagogías invisibles (Bernstein), es decir los códigos misionales que configuran la tradición universitaria, elementos que parece que ya no comprendemos o se han erosionado del todo en el contexto de la experiencia de la universidad neoliberal.  Ante ello, surge la siguiente pregunta: ¿Hasta qué punto la universidad de hoy, -cómo afirmaba Lorite Mena, en su referencia a la noción de realidad (Lorite Mena, 1987)-, abre mentes, corazones y define vericuetos y garabatos en el camino personal del ciudadano que vive los actos de experiencia de vida que brinda una universidad?

El relativismo ideológico que vive hoy la universidad, es el signo dominante que se expresa en el abandono de la universidad del orden humanista. Su marco programático ya no se define desde la articulación de agendas educativas propias en el marco del diálogo con su propia historia o tradición.  Antes, el norte era tener profesores, que a los ojos de la ideología economicista dominante de hoy, no tenían ninguna relevancia práctica, pero que enseñaban, revelaban e ilustraban y nos brindaban textos y modelos de conocimiento cuya función esencial,  y de sentidos más relevantes, era la de proporcionarnos horizontes de vida, como posibilidades de acción y reflexión de largo aliento.  

En pocas palabras, una universidad que EDUCABA, y que también daba herramientas, proporcionando simultáneamente capacidades y habilidades disciplinares e interdisciplinares, en el marco de un modelo educativo y pedagógico, que hacía que cualquier estudiante de economía, derecho o antropología, no fuera uno más o el resultado de una producción en serie de profesionales emanados por una industria “académica” al servicio tan solo de los intereses del mundo empresarial o de la lógica estatal. Por lo tanto, gracias al modelo humanista no confesional como el de los Andes, un economista, abogado, ingeniero o antropólogo pasaba a ser un ser, un profesional único, irrepetible y singular, es decir, una persona y profesional con sello y marca propia.

En efecto, es el humanismo, el que está en capacidad de corregir y calibrar las deficiencias disciplinares, para las cuales un primíparo universitario de 16, 17 ó 19 años no tiene por qué conocer o ser consciente de ellas cuando escoge una carrera. Los grandes obstáculos epistemológicos o la prevalencia de enfoques de ingeniería social o economicistas en la formación de personas, los ajusta y mejora el humanismo, por encima de las profesiones que escojan los estudiantes. Un sólido modelo humanista enriquece el dato biográfico de cualquier profesión y rompe con el relativismo moral que está carcomiendo a nuestras sociedades.

Por tal razón, una universidad humanista no puede llegar a ser relativista, incluso aunque se lo proponga su currículo visible u oculto, o los agentes ideológicos que dominan la mente de nuestros directivos o de cualquiera de nosotros. El humanismo define compromisos éticos y morales que son propios del sentido universitario, en dialogo con lo mejor de la tradición, que dio origen a la universidad. Incluso, universidades como MIT tienen un fuerte componente humanista, que en su historia no ha querido perder. La universidad no puede conformarse con ser un colegio en grande, o terminar convertida en una suerte de Servicio Nacional de Aprendizaje (La educación terciaria tiene que fortalecerse en Colombia, sin duda, y me declaro un profundo admirador del SENA), sin anclajes de fondo y profundas aventuras de navegación existencial que se brindan fundamentalmente en la vida universitaria.

Ya para terminar, recordemos que muchas de las llamadas reformas educativas y universitarias, inspiradas en el cambio y la innovación, ‒y existe abundante literatura científica sobre esto‒, sencillamente terminan siendo un absoluto desastre en lo educativo y en lo formativo. Por todo lo anterior, la universidad sólida y de carácter no se mueve por las modas, lee con rigor la realidad, contribuye al cambio y a la innovación, pero está anclada en una tradición.

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