Las universidades del desencanto y sus hechizos: Felipe Cárdenas Támara

Las universidades del desencanto y sus hechizos: Felipe Cárdenas Támara

Marzo/26 En esta ocasión Cárdenas Támara, hace una crítica weberiana a la universidad burocratizada, dominada por métricas, que produce desencanto, injusticia epistémica y urge una reencantamiento humanista.

“El destino de nuestro tiempo está caracterizado por la racionalización, el intelectualismo y, sobre todo, por el desencantamiento del mundo” (Max Weber, La ciencia como vocación).

Introducción

Invito a pensar la situación de las universidades mundiales desde el concepto weberiano de Entzauberung der Welt (desencantamiento del mundo).  Partimos de la enorme importancia de la institución universitaria. Millones de estudiantes y profesores que sueñan por un mundo mejor y que expresan lo más bello de la humanidad desde su trabajo generoso y comprometido. Desde ese reconocimiento, el siguiente ensayo crítico, que desde luego no pretende tener la verdad absoluta ni las lecturas perfectas sobre un tema significativo para la vida de todas las naciones del mundo. Ahora, el desencantamiento es una noción o categoría que puede actuar como herramienta analítica-comprensiva poderosa y vigente para diagnosticar lo que está ocurriendo en la universidad contemporánea. Weber es el padre de ese concepto en la sociología y la trabajó principalmente en La ciencia como vocación (1917/1919) y en La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1904-1905). En su obra, diagnosticó el destino de la modernidad con una fórmula que hoy resulta dolorosamente actual para la universidad: el desencantamiento del mundo y la actuación de universidades desencantadas. Aquello que antes estaba lleno de misterio, sentido trascendente y llamada existencial se ha convertido en un cosmos calculable, mensurable y administrable que puede ser manipulado desde los procedimientos racionales y científicos. El desencantamiento del mundo es el principal motor de la crisis ambiental planetaria y civilizatoria que experimentamos como seres históricos y políticos en esta etapa de la evolución humana. Como uno de los actores principales en la máquina de la modernidad, la universidad puede codificarse como maestra del control y del alineamiento sumiso a las verdades del mundo y sus racionalidades económicas dominantes. La racionalidad formal e instrumental ha desplazado a los dioses y a los espíritus; lo que queda es la “jaula de hierro” (stahlhartes Gehäuse) de la burocracia y el cálculo (Weber), dominada por los modelos actuales de la calidad educativa.

Mi tesis es que del desencantamiento hemos pasado a otros encantamientos. Se puede afirmar que la universidad contemporánea está capturada por hechizos y embrujos que nadie ve o pocos perciben, dado el adoctrinamiento hiperracionalista con el cual hemos sido educados y que está en la base de la naturaleza racionalista de la universidad. El desencantamiento de la universidad en el fondo indica estados de “posesión” y “obsesión”.  Dirían mis amigos ermitaños: condición casi que satánica. Auténticos signos médicos y patológicos que están marcando el rumbo de estas instituciones, organizaciones o empresas tan importantes para la civilización. Han, B.-C. nos diría que el desencantamiento genera “violencia de la positividad” (Han, 2016), donde la evaluación constante autoexplota al profesor, convirtiendo la vocación en un posible síndrome del trabajador quemado (burnout) psicológico y existencial. El mecanismo de evaluación de profesores por sus jefes inmediatos es todo un rito sacrificial. No me imagino el sufrimiento de profesores jóvenes que no lograron las publicaciones Q1 y Q2 que les exigen sus agendas académicas. La secuencia descrita está llevando y llevará a muchos profesores a estar medicados y a tener que visitar los pabellones psiquiátricos no como investigadores —como en el caso de Irving Goffman en sus penetrantes estudios sobre los asilos psiquiátricos en la década de los años sesenta del siglo XX—, sino como pacientes o, mejor, clientes.

Los modelos de calidad educativa en la educación superior, promovidos por marcos como el Acuerdo 002 de 2020 del Consejo Nacional de Acreditación (CNA) en Colombia y alineados con estándares internacionales de la OCDE y la UNESCO, representan un doble filo que, bajo la apariencia de racionalización y mejora continua, perpetúan un desencantamiento weberiano al transformar la universidad en una “jaula de hierro” burocrática, donde la búsqueda de la verdad y la formación integral ceden ante métricas cuantitativas como indicadores de productividad, rankings QS y evaluaciones estandarizadas; esta lógica, criticada por autores como Ginsberg (2010) en The Fall of the Faculty por fomentar el ascenso de administradores sobre académicos, genera injusticias epistémicas (Fricker, 2017) al marginar saberes humanistas y locales en favor de un capitalismo cognitivo que prioriza la empleabilidad y la adaptación mercantil, ignorando que, como señalan estudios como el de Brown (2017) en Quality Assurance in U.S. Higher Education, tales sistemas a menudo sirven más como “gatekeepers” estatales que como garantes de excelencia genuina, exacerbando la precarización laboral de docentes y la infantilización del saber, en detrimento de una educación holística y transformadora. Los “gatekeepers” o guardianes del acceso, concepto acuñado en la sociología de la comunicación por Kurt Lewin (1947) y ampliado en estudios de poder y elites por autores como C. Wright Mills (1956), se refieren en el contexto de la calidad educativa a mecanismos institucionales y burocráticos —como agencias de acreditación, rankings internacionales y estándares estatales— que actúan como filtros selectivos, controlando quién y qué entra en el sistema universitario, no necesariamente para fomentar la excelencia genuina, sino para reproducir dinámicas de poder y exclusión donde todos los actores están alineados con valores que representan un pequeño universo del sistema de creencias de la sociedad: puede ser el mundo de los negocios, el dueño de la universidad o la del político clientelista que controla la universidad.

En el estudio de Brown (2017) sobre Quality Assurance in U.S. Higher Education, estos gatekeepers se revelan como herramientas estatales que, bajo el pretexto de evaluación objetiva y mejora continua, imponen criterios cuantitativos y mercantiles que marginan saberes cualitativos, humanistas o locales, priorizando la “empleabilidad” alineada con el capitalismo cognitivo, lo que agrava la precarización laboral de los docentes al someterlos a métricas de productividad avasalladoras y fomenta la infantilización del saber al reducir la educación a competencias instrumentales, en detrimento de una formación holística que promueva la autonomía crítica, el debate abierto y la transformación social, perpetuando así desigualdades epistémicas y culturales en un sistema que privilegia el control sobre la innovación genuina, la educación contemplativa y meditativa desde el mejor horizontes platónico y socrático potenciado por los gigantes de la Iglesia (patrística). Debe recalcarse que los modelos de aseguramiento de calidad en la educación superior estadounidense, tal como los analiza Roger Brown representan un paradigma burocrático que, bajo el pretexto de estandarización y mejora continua, ha transformado las universidades en entidades reguladas por métricas cuantitativas y agencias externas como el Council for Higher Education Accreditation (CHEA), priorizando la rendición de cuentas financiera y la empleabilidad sobre la autonomía académica y la búsqueda desinteresada de conocimiento. Estamos ante sistemas “híbridos” que mezclan control estatal con autoevaluación institucional.  En la vida cotidiana, esto genera un desencantamiento weberiano al convertir la vocación intelectual en un proceso auditado y mercantilizado, exacerbando injusticias epistémicas al marginar saberes humanistas y críticos en favor de indicadores de rendimiento.

La universidad hoy en día también se ve afectada por estos procesos de desencantamiento. Antes lugares de formación del espíritu (Bildung), de búsqueda desinteresada de la verdad y de vocación (Beruf), se ha transformado en una industria cognitiva regida por indicadores, acreditaciones, competencias y rankings. El profesor ya no es el maestro carismático que interpela existencialmente al estudiante, sino un prestador de servicios evaluado por horas frente a trabajo en grupos, interfacultades, artículos Q1 y proyectos financiados. La posibilidad de trabajar desde su propia disciplina se enfrenta a los sofisticados discursos de la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad. Es usual que las disciplinas blandas, expresadas en el conocimiento de las ciencias sociales, terminen subordinadas a los esquemas de producción de conocimiento de las disciplinas duras. Por ejemplo, se hace imposible para un antropólogo hacer investigaciones etnográficas clásicas en entornos universitarios que exigen el desinteresado trabajo interdisciplinar entre equipos diversos de investigación.  Es inimaginable un trabajo longitudinal sociológico y etnográfico como el de Irving Goffman (1961) en hospitales psiquiátricos. Mucho menos, trabajos como los de Bronisław Malinowski (1884-1942) y sus trabajos de campo con permanencias de más de dos o tres años entre grupos tribales. Hoy todo es rapidez. Hablamos de hacer etnografía, método mixto por excelencia, y cuando vamos a observar la aplicación del método en la actualidad, nos encontramos con estadías de unos días o a lo sumo de unas semanas. No obstante, el investigador, apoyado en un pobre material etnográfico recopilado, se ve obligado a publicar un libro o un artículo Q1 que no es sino una burla a las comunidades humanas con las que ha trabajado, como a la propia ciencia.

El estudiante ya no es un discípulo en formación integral, sino un cliente que exige “resultados de aprendizaje” certificables. Evalúan a sus profesores desde rúbricas que asemejan un centro de diagnóstico automotor lleno de indicadores mecánicos y de desempeño. El desencantamiento universitario no es un fenómeno accidental ni meramente administrativo: es la consecuencia lógica de la racionalización weberiana aplicada al campo del saber y de la “organización racional” de las instituciones universitarias.

Mecanismos del desencantamiento

Durante un buen recorrido en los últimos años, he venido señalando en el Observatorio de la universidad colombiana algunas de las características de los nuevos embrujos: calidad educativa, competencias, modelos burocráticos y administrativos por encima de las racionalidades universitarias centradas en comunidades de la enseñanza y el aprendizaje en el marco de la generación de conocimientos, pero también en la conservación de patrimonios simbólicos, sapienciales y culturales intangibles. Muchos profesores experimentan el devenir reciente de la universidad como jaulas de hierro. Me he encontrado con colegas de distintos países del mundo que incluso se refieren a la experiencia de la universidad contemporánea como marcada por la noción de gulags o campos de concentración. Afirmaciones que podemos leer como exageradas.  Sin embargo, nos invitan a pensar que estamos ante organizaciones altamente centralizadas, eficientes y mediadas por el control de la vida de todos los actores que hacen parte de sus estructuras. El sistema universitario se convierte en las sociedades del desencantamiento en una suerte de panóptico que permite desplegar precisos medios para el control social de la comunidad educativa. Así Bourdieu, P., & Passeron (1967) nos recordarían desde su teoría de los campos, que el “campo” académico es un espacio de lucha por capital simbólico que está mal distribuido y asignado: las ciencias humanas son decorativas en el entramado universitario de muchas universidades-empresas frente a disciplinas que tienen alta valoración social, como las ingenierías, medicina, derecho; el desencantamiento burocratiza esta lucha, generando injusticia epistémica y procesos de autoengaño institucional: ¿somos una universidad o somos una negocio exclusivamente? Interrogante fundamental para conocer la identidad, honestidad y transparencia de las universidades.

El problema radica en el empobrecimiento del entramado universitario como centro de conocimiento. Así ella y la sociedad se ven marginadas de explicaciones del mundo y de la realidad cuyos emisores de conocimiento, como la antropología, historia y sociología, se desconocen e ignoran completamente. Son disciplinas irrelevantes. Esto ocurre porque las voces dominantes en el entramado burocrático de las universidades ven como ajenas, invisibles, hostiles o directamente irrelevantes la experiencia de estas disciplinas. Esta marginación genera un vacío epistémico: las ciencias sociales, que pretenden interpretar estructuras de poder, cultura y cambio histórico, pierden legitimidad al ser obligadas a desconectarse de las realidades periféricas o de condiciones de estudio no relevantes para quienes ocupan cargos de poder y dirección. En lugar de iluminar desigualdades desde un plano descriptivo, explicativo o comprensivo, terminan reforzando los discursos del desencantamiento que habla “sobre” los marginados, no “con” ellos, perpetuando un saber hegemónico ajeno a sus luchas diarias —como la precariedad económica o la discriminación cultural en contextos como el colombiano.

Este empobrecimiento del entramado universitario como centro de conocimiento no es un mero accidente administrativo, sino la manifestación concreta del desencantamiento weberiano, donde la racionalización burocrática y la hegemonía de paradigmas conductistas e instrumentales —como el llamado enfoque por competencias y los resultados de aprendizaje cuantificables— desplazan sistemáticamente a las disciplinas humanistas, reduciendo la antropología, la historia y la sociología, y otras disciplinas a meros accesorios periféricos en favor de enfoques técnicos y mercantiles que priorizan la empleabilidad y la adaptación al mercado. En consecuencia, tanto la universidad como la sociedad se ven marginadas de explicaciones comprehensivas del mundo y de la realidad, privando a las generaciones de estudiantes y a la sociedad de herramientas críticas para interpretar la complejidad simbólica, cultural y ética de la existencia humana. Se silencia y discrimina desde el entramado de poder administrativo a las voces o disciplinas “disidentes” y se transforma el saber en un commodity desprovisto de vocación trascendente (cognoscitiva), exacerbando la alienación colectiva en un contexto de crisis política y civilizatoria como la que vive la humanidad.

Consecuencias y nuevos hechizos

La siguiente idea de Weber: “La burocracia es el medio más eficiente de ejercicio del poder racional-legal” (Economía y sociedad). Es de cierta forma la idea general más reciente que transmite la obra de Benjamin Ginsberg, The Fall of the Faculty: The Rise of the All-Administrative University and Why It Matters (2010). Estamos ante la culminación de un proceso que arrancó con el racionalismo de René Descartes y el nacimiento de la ciencia moderna con Francis Bacon y que, como es ampliamente conocido, marcó el ethos racionalista de Occidente tanto en el mundo del cuerpo como en el mundo del espíritu. En lo corporal estamos dominados por la obsesión por la materia (neoliberalismo-marxismo, emblemas de la misma doctrina). En lo espiritual, Occidente proyecta lo mejor de su máquina espiritual, cuya expresión más metódicamente ascética son los ejercicios espirituales de los jesuitas y de su padre fundador san Ignacio de Loyola.

Ginsberg, con más de 50 años de experiencia en la academia de Estados Unidos, resumía su diagnóstico en estas palabras: “Hoy en día, las instituciones de educación superior están principalmente controladas por administradores y personal que establecen las normas y fijan cada vez más prioridades en la vida académica”. Él se refiere a un crecimiento exponencial del mundo burocrático y administrativo. El cargo burocrático que era ocupado por el profesor como parte de tareas delegadas por sus jefes, y que implicaban que el académico regresaba a su vida de profesor una vez terminaba el encargo, hoy son puestos ocupados de manera permanente por burócratas que muchas veces nunca han dictado un curso o realizado una publicación académica (desde luego que hay excelentes burócratas) y que tienen que justificar su sueldo inventando novedosos suplicios de control hacia el profesor. La paradoja es que estos burócratas son los que dictaminan y evalúan las publicaciones de los profesores de planta en las universidades y determinan el itinerario de vida del profesorado. Son abundantes los casos de vidas arruinadas por el ejercicio de poder de cuadros burocráticos que no comprenden las lógicas, por ejemplo, del trabajo de archivo de un historiador o del trabajo etnográfico de un antropólogo. Los ascensos en el escalafón de muchos profesores se ven truncados por la rigidez mental con la que operan los burócratas universitarios encargados de incidir en la vida del profesor con sus decisiones.

Posibilidades para un re-encantamiento

Weber era pesimista y realista. No obstante, lo cierto es que su lectura sociológica sigue siendo válida para comprender la lógica de la modernidad desde anclajes sociológicos y antropológicos. Para superar el pesimismo radical de Weber, podemos pensar marcos más constructivos. La universidad puede romper el hechizo; algunas lo pueden hacer, siempre y cuando mantengan los vínculos con su tradición y carisma original y comprendan la singularidad esencial de la naturaleza de la universidad como una forma de vida particular en el marco de la teoría institucional y organizacional. Propongo recuperar la vocación (Beruf, concepto calvinista en Weber) como llamada existencial y vital. Ese llamado, siguiendo a Padres de la Iglesia como San Agustín en sus Confesiones (siglo IV), reconoce la vocación como respuesta a la inquietud del corazón humano por Dios (cor inquietum). San Gregorio Magno (siglo VI) en Pastoralis extiende esto al trabajo secular: el laico glorifica a Dios en su officium (oficio), similar a Beruf, mediante disciplina ascética y servicio fraterno, sin jerarquías ontológicas entre estados. Estas referencias ─erosionadas y olvidadas incluso en universidades católicas o de inspiración cristiana─ implican estudiar nuestras tradiciones para encantar con sus mensajes un mundo marcado por la desolación y la miseria.

Propongo generar mayor diálogo socrático con nuestros estudiantes, desaparecer en ocasiones de las redes sociales y promover espacios de lentitud académica (slow scholarship) que sean reconocidos y respetados por los órganos académicos que controlan y evalúan al profesorado. Propongo diálogo real entre saberes: humanidades + ciencias + saberes ancestrales. Lo que se traduce en autonomías reales frente a las autonomías formales manipuladas por indicadores de rendimiento, desempeño y logros. Por lo tanto, respeto por la producción intelectual del profesor, de sus ideas, argumentos y hasta formas de vida discursiva que este haya generado a lo largo de su vida académica, incluso aun cuando no sean patentables. En últimas, reconocer y valorar las ideas y propuestas de los profesores, incluso si rompen con marcos de la cultura institucional existente. Una buena organización está marcada por permitir que afloren y se consoliden las ideas de sus miembros.

El trabajo con estudiantes y sus movimientos estudiantiles es fundamental en el marco de procesos no violentos marcados por la cultura de la paz y como herederos de la Séptima Papeleta (Algo de historia del movimiento estudiantil colombiano es esencial como la historia del movimiento pedagógico colombiano, hechos históricos olvidados y no reconocidos en la política educativa del país). El trabajo con estudiantes y sus movimientos estudiantiles, como herederos de la Séptima Papeleta que en 1990 canalizó el descontento juvenil hacia una transformación constitucional no violenta en Colombia, representa un antídoto esencial contra el desencantamiento weberiano de la universidad, al reconectar la vocación académica con procesos de resistencia civil y cultura de paz que trascienden la burocratización racional; inspirados en la tradición de no violencia de Gandhi y Martín Luther King, estos movimientos —estudiados por Sharp en De la dictadura a la democracia (1993)— fomentan un re-encantamiento práctico mediante el diálogo socrático y la acción colectiva pacífica, contrarrestando la violencia simbólica (Bourdieu) de agendas ideológicas estatales o mercantiles que reducen el estudiantado a “clientes” pasivos; sin embargo, en el contexto colombiano actual de polarización electoral y precarización académica, esta labor exige una pedagogía crítica (Freire, 1979) que integre la memoria histórica de la Séptima Papeleta para empoderar a los jóvenes como agentes de paz positiva (Galtung, 1996), evitando que la universidad se convierta en mero escenario de radicalismos vacíos y promoviendo, en cambio, una ética de la no violencia que restaure el sentido trascendente de la educación como llamada colectiva a la libertad y la justicia social.

El desencantamiento weberiano, caracterizado por la racionalización burocrática y la pérdida de sentido trascendente, transforma el campo académico —tal como lo conceptualiza Bourdieu en Homo Academicus (1984)— en una arena de lucha deshumanizada, donde la competencia por capital simbólico (prestigio, publicaciones, financiamiento) se burocratiza mediante indicadores cuantitativos como rankings, acreditaciones y evaluaciones de desempeño, reduciendo la vocación intelectual a un proceso administrativo impersonal que prioriza la eficiencia sobre la verdad; esta burocratización genera injusticia epistémica (Fricker, 2017) al marginar voces disidentes, saberes humanistas o perspectivas locales que no encajan en métricas estandarizadas, perpetuando exclusiones testimoniales (donde se desacredita el testimonio del profesor subalterno) y hermenéuticas (donde faltan recursos conceptuales para nombrar la opresión administrativa), exacerbando así la precarización laboral, el síndrome del trabajador quemado y la alienación en la universidad contemporánea, donde el “panóptico” de control (Foucault, 1975) convierte el saber en un commodity regulado, en detrimento de una educación holística y crítica que reconozca la complejidad simbólica y ética del conocimiento humano.

En síntesis, el desencantamiento weberiano, impulsado por la racionalización burocrática de carácter fáustico y sectario, no solo deshumaniza el campo académico al convertir la lucha por capital simbólico en un engranaje administrativo impersonal, sino que engendra una injusticia epistémica sistemática que silencia voces marginadas y despoja al saber de su complejidad simbólica y ética, perpetuando exclusiones testimoniales y hermenéuticas que agravan la precarización, el síndrome del trabajador quemado y la alienación en la universidad contemporánea; este panóptico foucaultiano, donde el conocimiento se reduce a un commodity regulado por métricas estandarizadas, urge una resistencia crítica y un reencantamiento humanista que restaure la vocación intelectual como búsqueda de verdad holística, liberando a la educación de su jaula de hierro para reconocer la dignidad trascendente del ser humano en su plenitud simbólica y ética. ¡Agua bendita para la universidad!

Bibliografía

Bourdieu, P. (1984). Homo academicus. Les Éditions de Minuit.

Bourdieu, P., & Passeron, J.-C. (1967). El oficio de sociólogo. Siglo XXI.

Brown, J. (2017). Quality assurance in U.S. higher education: The current landscape and principles for reform. Ithaka S+R https://sr.ithaka.org/publications/quality-assurance-in-u-s-higher-education

Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI.

Fleming, P. (2021). Academia: How Universities Die. Pluto Press. Kindle Edition.

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

Fricker, M. (2017). Injusticia epistémica. Herder.

Galtung, J. (1996). Paz por medios pacíficos: Paz y conflicto, desarrollo y civilización. Bakeaz, Gernika Gogoratuz.

Ginsberg, B. (2011). The Fall of the Faculty. Oxford University Press. Kindle Edition.

Goffman, E. (1961). Asylums: Essays on the social situation of mental patients and other inmates. Anchor Books.

Han, B.-C. (2016). Topología de la violencia. Herder.

Lewin, K. (1947). Channels of group life: Social planning and action research. Human Relations, 1(1), 143–169. https://doi.org/10.1177/001872674700100109

Malinowski, B. (1986). Los argonautas del Pacífico Occidental. Planeta-Agostini.

Mills, C. W. (1993). La élite del poder (F. Torner & E. de Champourcín, Trads.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1956).

Sharp, G. (1993). From dictatorship to democracy: A conceptual framework for liberation. The Albert Einstein Institution.

Readings, B. (1997). The University in Ruins. Harvard University Press. Kindle Edition.

Weber, M. (1905). La ética protestante y el espíritu del capitalismo (J. Winckelmann, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado 1904-1905)

Weber, M. (1919). La ciencia como vocación. Alianza Editorial. (Trabajo original publicado en 1917).

—–

Felipe Cárdenas Támara es director del Observatorio Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente, de la Universidad de La Sabana.

Loading

Compartir en redes