Los pecados de los rectores que están condenando a la Ed. Sup. Privada: Carlos Mario Lopera P.

Febrero/24 Para Lopera, director de universidad.edu.co, si los rectores de las universidades privadas no dejan sus egos institucionales, para unirse y actuar como sector, su situación se oscurecerá mucho más.

Es un hecho. La educación superior privada pasa por un mal momento. La pandemia se llevó gran parte de los colchones financieros de las IES; la caída en la demanda en su matrícula se aceleró con la consolidación de los programas de gratuidad del Estado en las IES públicas; la inflación, las redes y los controles de Inspección y Vigilancia la tienen limitada para aumentar, como quisieran, sus valores de matrícula; y el clima interno de muchas de estas instituciones está tenso y muy enrarecido por el obligado recorte de beneficios a los empleados, el aumento en la carga académica de los docentes y la necesidad de despedir a cientos de profesores y funcionarios administrativos de toda la vida, para aligerar el peso de la nómina.

El mercado de oferta y demanda está golpeado por estas y otras variables: oferta virtual de corta duración, educación no formal, IES extranjeras, reducción de la tasa de natalidad, más IES y programas y hasta un cada vez más peligroso y preocupante aumento en el descreimiento de la opinión pública sobre la “utilidad” de la educación superior.

Aunque la situación está impactando directamente a todo el sistema, particularmente tiene efectos sobre el “negocio” de cada institución privada, es decir sus ingresos y, por ende, las posibilidades de mejorar calidad, bienestar, infraestructura, movilidad internacional, salarios e investigación (estos indicadores de desarrollo parecen estar pasando a segundo plano actualmente, así como la acreditación).

Los rectores poco hablan públicamente del tema. Su orgullo les impide admitir que las cosas no van bien y que sus prestigiosas instituciones están “filtrando agua”, les hace encerrarse con sus equipos y no enfrentan directamente, como sector, el problema… No hay un solo escenario que los pueda reunir a todos. Ninguna asociación ha tenido el valor civil de enfrentar al “establecimiento” y menos aún de reunirlos a todos, independientemente de su apellido, abolengo, costo de matrícula, acreditación o ciudad… para sentar una posición sectorial.

Y entonces, presionados por sus consejos superiores y directivos, toman peligrosas decisiones de emergencia, que terminan sacrificando aún más su proyecto universitario: Abrir más y más programas para tratar de captar nuevos mercados, aumentando riesgosamente los costos de operación institucional; salir de prestantes académicos y funcionarios administrativos, por resultarles económicamente altos, sacrificando su capital, experiencia y capacidad de construir colectivamente; aumentar, desesperadamente para buscar más alumnos, la pauta publicitaria, contribuyendo a enriquecer esencialmente a los medios análogos y digitales que se presentan, erróneamente, como la solución; y hasta dejarse intimidar, y a veces maltratar, de parte funcionarios de rango medio o inexperimentados directivos del ministerio y gobierno de turno.

Es cierto que la actitud indiferente, hasta irresponsable, del actual gobierno (presidente Petro y ministra Figueroa), tiene una enorme incidencia en el difícil momento de las IES privadas. Con un hábil, y peligroso, silencio, el Gobierno se desentiende de lo que pasa con las IES privadas y, más preocupante aún, aunque hablan de igualdad e inclusión, en su “rabiecita” hacia la educación superior privada (que consideran que ya se ha “enriquecido” lo suficiente sacrificando la educación superior pública y olvidando todo lo que las IES privadas han hecho por el sistema) terminan siendo excluyentes y clasistas con casi un millón de colombianos, de estratos bajos, que están matriculados en las IES privadas, y para los cuales no hay un centavo de beneficio.

Y es que las decisiones politiqueras del actual gobierno, en educación superior, no justifican otro serio problema de fondo, y es la real incapacidad del rectorado (como conjunto promedio de rectores) de las IES privadas, de asociarse y de actuar, realmente, como un sector constitucionalmente avalado para ofertar educación superior, legalmente habilitado y con todos los requisitos cumplidos (como IES y como programas) para realizar su actividad educativa sin que el gobierno, irresponsablemente, lo condene al ostracismo.

Esa incapacidad de articular como sector es, precisamente, la que le da fuerza a Mineducación (cualquiera sea el o la ministra de turno), para tomar decisiones inconsultas, poco técnicas y convenientes para unos pocos, pero no para toda la educación superior.

Orgullo, miedo, indecisión y temor a innovar y compartir son algunos de los más preocupantes pecados que, no de ahora, caracterizan el actuar colectivo del rectorado privado. Mientras que la “torta” del mercado les permitía crecer y distribuir matrículas entre todos, a nadie la importaba la incapacidad de actuar como sector, pero ahora, en las vacas flacas, esto se hace más preocupante.

Y eso implica que muchos de los rectores aterricen. Que dejen de hacer relaciones públicas, cocteles y viajes al extranjero con otros rectores y asociaciones, aparentando una realidad distinta. Que dejen de “rezar” para que el Gobierno se fije en ellos y les dé una migaja de los ilusos 500 mil cupos, y que se pongan a actuar. Que integren ofertas, diseñen nuevos programas, compartan recursos académicos (estudiantes, docentes, laboratorios…), flexibilicen requisitos, potencien alianzas con el sector productivo, y se atreven, con carácter y valor civil, a hablar duro sobre su situación, sobre la inconveniencia de las políticas del gobierno Petro, sobre el daño social que se está ocasionando a los estudiantes de las privadas, sobre el deterioro del mercado laboral, sobre la politización educativa…

Porque la política pública es, precisamente eso, pública y nadie ha dicho que tiene que construirse desde el despacho del Ministerio de Educación en Bogotá, sino como producto de un real trabajo público, colectivo, asociativo y nacional. Incluso, que debe ir más allá de unos pocos encuentros de la ministra con algunos rectores cercanos, por su “cuna”, así como del mismo CESU (que termina siendo una “lavandería” de los caprichos del Gobierno, porque ninguno de sus miembros, especialmente los rectores, se atreven a cuestionar y, peor aún, a proponer como sector y sistema. El miedo a que la ministra o el viceministro les manden una visita de inspección y vigilancia, les abran un proceso, les demoren un registro o los “saquen del llavero”, los paraliza para actuar.

Porque todos actúan de forma individual, y no de forma sectorial. Sufren solos, pese a que es un problema de casi todos, que podría tener una salida más optimista si se trabajara de forma articulada y en equipo.

Más allá del orgullo (personal, académico o institucional), reconocer las dificultades puede ayudar a que el rectorado encuentre salidas creativas. Pero muchos de estos deben dejar de hablar de comida, cuando tienen el estómago vacío.

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