Magnifica Humanitas, educación e inteligencia artificial: Santiago Jiménez Londoño

Magnifica Humanitas, educación e inteligencia artificial: Santiago Jiménez Londoño

 

Junio/26 Jiménez señala, a propósito de la encíclica papal que la IA exige elegir entre uniformar o acompañar: educar es proteger la singularidad humana que ningún algoritmo puede promediar.

El 15 de mayo de 2026, León XIV firmó Magnifica Humanitas, su primera encíclica social, dedicada por entero a la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Dejo a cada quien la tradición desde la que está escrita. Lo que me interesa, y creo que debería interesar también a la universidad, es que en lo que toca a la técnica dice con calma algo que muchos venimos pensando a media voz.

Lea: Orientaciones del Papa León XIV para que las universidades adopten debida y humanamente la IA

Ordena su reflexión en dos imágenes. La primera es Babel, una torre de una sola lengua que, para tocar el cielo, aplana precisamente aquello que hace que cada persona sea quien es. No cae por un castigo que llega de afuera. Cae por un defecto de origen, porque ninguna construcción se sostiene cuando suprime la pluralidad que le dio vida. La segunda es Nehemías, que reconstruye las murallas tramo a tramo, confía a cada quien un trozo del muro y rehace los vínculos antes que las piedras.

Babel suma. Nehemías acompaña. La elección, dice el texto, no está entre un sí y un no a la tecnología, falsa disyuntiva que nos entretiene mientras lo decisivo pasa por otro lado, sino entre esas dos maneras de construir.

Las dos imágenes describen, mejor que ningún diagrama, lo que ocurre hoy en el aula. En Algoritmos Deshumanizantes intenté nombrar el riesgo con una fórmula: deshumanizar es computar sin resto. El modelo de lenguaje converge hacia el centro estadístico del idioma, un lugar tibio y por eso peligroso. El estudiante que deposita allí su voz antes de haberla encontrado no gana una voz, gana un eco bien redactado, indistinguible de los demás. Es la versión escolar de Babel, la repetición que se disfraza de aprendizaje.

Y sin embargo siempre sobra algo que el sistema no logra capturar. Ese algo no es el error del modelo. Es el lugar donde empieza la persona.

A ese resto la encíclica le da un nombre antiguo, la dignidad, esa que pertenece a cada quien por el solo hecho de existir y que ni se gana ni se pierde. Y advierte sobre una idea muy de nuestro tiempo, la que pide a cada persona justificar su valor por su rendimiento. La advertencia nos toca a todos, también a quienes enseñamos, habituados al lenguaje de los indicadores. No es que medir esté mal. Medir es a veces necesario y hasta justo. Es que cuando la medición se vuelve la única lengua que sabemos hablar, algo esencial empieza a quedar afuera. Ahí, y no antes, un algoritmo se vuelve deshumanizante. No porque haya en él nada perverso, sino porque su pendiente más cómoda es promediar, y al promediar olvida lo único que en cada uno no se repite.

Conviene decirlo claro, para que nadie lea aquí un recelo de la técnica. Trabajo todos los días con estas herramientas y creo en ellas. Bien usadas, son de las mejores noticias que ha tenido la universidad en mucho tiempo. Pueden ayudarnos a saldar viejas deudas técnicas, esos sistemas heredados y esos trámites atascados que arrastramos hace años. Pueden quitarle a docentes e investigadores buena parte de la carga que les roba el tiempo de pensar, desde depurar datos hasta sostener la maquinaria administrativa que nadie ve. Pueden acompañar a cada estudiante con una paciencia que ninguna planta docente alcanza, con explicaciones a su ritmo y ejercicios a su medida. Y pueden acelerar la investigación, abriendo en una tarde lo que antes tomaba semanas. La encíclica misma lo reconoce cuando dice que la tecnología puede curar, conectar y enseñar, y cuando pide alfabetización digital.

El problema nunca estuvo en el cálculo, que es de las herramientas más nobles que hemos inventado. Estuvo en pedirle que diga la última palabra sobre una persona.

¿Qué le toca, entonces, a la universidad? Usar todo eso sin renunciar a lo único que no se delega. Educar es lo contrario de promediar. Es proteger la dificultad y formar la atención, eso que Simone Weil llamaba la forma más rara y pura de la generosidad. Es sostener el diálogo en el que el saber circula entre quien enseña y quien aprende hasta que algo, en los dos, se despierta.

Hay además un punto de la encíclica que merece más atención de la que ha recibido. Incluye los algoritmos, las plataformas y los datos entre los bienes que pertenecen a toda la familia humana. La consecuencia es exigente. Una universidad latinoamericana puede aspirar a algo más que a ser usuaria pasiva de plataformas pensadas en otra lengua y para otros fines. Puede volverse actora crítica, capaz de co-crear sus propias infraestructuras.

Ninguna institución reconstruye sola la ciudad. Pero cada aula puede cuidar que ningún estudiante sea tratado como un dato, y enseñarle a no tratarse a sí mismo como uno. Una torre calcula. Una ciudad atiende. Entre esos dos gestos seguimos eligiendo, cada semestre, en cada curso, en cada herramienta que decidimos adoptar.

Ante todo, aún humanos.

—-

Santiago Jiménez Londoño – Doctor en Filosofía – Profesor Asistente Universidad EAFIT.

Loading

Compartir en redes