No-violencia y universidad en tiempos electorales: Felipe Cárdenas – mayo/22

Felipe Cárdenas- Támara, Director del Observatorio-Red Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente, sugiere que, en época electoral, los profesores universitarios tienen mucho que decir ante el déficit de ideas y argumentos que vive Colombia.

Colombia vive por esto días una campaña electoral de una pobreza que raya en lo grotesco. Candidatos y campañas sin ideas claras, sin mensajes profundos, con propuestas de gobierno escritas en algunos casos en el lapso de pocos días o semanas, candidatos mesiánicos que nos recuerdan lo peor del pensamiento gnóstico, utópico, y populista que a sumido al continente en la pobreza, la violencia y en la esperanza de ideas vanas.

En ese contexto de crisis política de los partidos, los profesores universitarios tienen mucho que decir ante el déficit de ideas y argumentos que vive Colombia, contribuyendo con su trabajo y pensamiento al fortalecimiento del Estado Social de Derecho y de la Constitución.

Ahora, hoy más que nunca sabemos, dados los avances de la antropología política, la sociología y la ciencia política, que lo político desborda la misma noción de Estado y de Constitución, una paradoja sistémica que evidencia lo anacrónico de nuestra concepción de lo político;  y que finalmente se irradia en contenidos que por muy aristotélicos, o ilustrados que sean, no están logrando calibrar de manera precisa los   planes de estudio universitarios en el componente de la formación política con los cuales pretendemos formar ciudadanos. Eso sí, parece que el sistema universitario viene orientándose por un paradigma instruccional, que en parte se debe a la injerencia nefasta de la política estatal de los gobiernos de turno en la degradación del sistema educativo y en el desvanecimiento de una educación pertinente, crítica e integral; no podemos olvidar que necesitamos una educación que abra horizontes de vida y aumente la capacidad del educando y de toda la comunidad educativa  en el potenciamiento de la capacidad de pensar y generar riqueza intelectual, material y social. La educación a nivel mundial está cada vez más dominada por una arquitectura pedagógica repleta de actividades didácticas que en mi opinión personal no toca los problemas políticamente relevantes de la nación y del contexto socio-cultural del educando.

El vínculo entre educación y política es complejo. La reflexión y formulación semántica de ese vínculo es insustituible y su estudio profundo debe servirnos para recordar que nuestros políticos se han formado en el entramado educativo del sistema universitario colombiano. Hasta cierto punto, somos hijos de la universidad y nuestras elites políticas, ingenieros, economistas, abogados se formaron en una universidad.

Si una realidad política desborda en tanto espacio de formación al Estado y a la propia Constitución, dado el dinamismo que tiene hoy la sociedad, debe reconocerse que la democracia en su ideal, tiene que ir más allá de los propios mecanismos electorales que definen la participación de los ciudadanos en un entorno democrático que demuestra la pobreza conceptual de las formas teóricas y prácticas con la cuales nos pensamos la realidad de lo político. Es decir, necesitamos de Aristóteles, pero necesitamos también de nuevas lecturas sociológicas y antropológicas más a tono con las realidades y dinamismos de la sociedad actual.

Ante el escenario político que vive el país, marcado por la radicalización de la sociedad y de los principales candidatos en estos tiempos electorales, los ataques rastreros y bajos que vemos entre los candidatos, de la anti-constitucional participación del gobierno de Iván Duque en el juego electoral, como de la violencia que se vive en las redes sociales, ya sea a favor de un candidato o de otro, el papel de la universidad y del profesor universitario tiene que constituirse en un faro que le ayude a toda la nación y al movimiento estudiantil universitario a encauzarse hacia una sociedad que está en conflicto pero que es creativa en el juego de la no-violencia. Me parece que esa es una de las tareas centrales de la universidad y su mayor contribución al país dadas las circunstancias de crisis violenta que vive la nación. 

La vida de la universidad en su historia reciente en Colombia y en el mundo está indisolublemente ligada a las relaciones que nutren al movimiento estudiantil. Recordemos muy rápidamente que la Constitución de 1991 se debe al movimiento estudiantil universitario de finales de los años ochenta (11 de marzo de 1990) que impulsó la Séptima Papeleta, donde se invitaba sin contar con el aval del Estado, a que la ciudadanía mediante un voto o papeleta no pautada, convocara a una Asamblea Nacional Constituyente. Fue el movimiento estudiantil el que canalizó como expresión el rechazo a la violencia que vivía Colombia en aquellos años.  Los miles de estudiantes que participamos en el movimiento estudiantil de aquellos años, canalizábamos el fervor de la juventud y nuestro descontento social y político con una juiciosa formación y estudio de la realidad colombiana, cuyo marco se estructuraba en los debates que se daban en los pregrados que estábamos cursando por aquellos años.  Pregrados que con el transcurrir de los años perdieron contenidos, extensión y calidad para crear la necesidad formativa en los postgrados en los profesionales de hoy. Hoy los profesionales de Colombia tienen un abanico de posibilidades de grado. La monitoría a un profesor en el último año de grado, más la asistencia a un diplomado puede ser el requisito de grado en varias profesiones y universidades. Adiós a los tiempos en que el estudiante de pregrado consultaba las tesis de los graduados de su carrera para encontrarse con documentos que hoy podrían ser incluso considerados como trabajos de maestría e incluso doctorado.

El despliegue de un movimiento estudiantil serio, documentado, riguroso y no violento se fundamenta en los contenidos que el profesor universitario y la institución universitaria como un todo irradian en el estudiantado y en las relaciones de la universidad hacia todo el conjunto de la sociedad. La vida universitaria implica debate, grupos de estudio, lecturas individuales, momentos de diversión, intercambios con compañeros, visiones disciplinares, interdisciplinares, estudio en solitario, como intercambios intergeneracionales entre varias generaciones, subrayando la relación pedagógica, principalmente conversacional marcada por la experiencia de vida del profesor y sus estudiantes. Dinámicas únicas que tienen que tener como trasfondo curricular y vital los sentidos estructurales de la no-violencia en sus múltiples voces interculturales.

Quisiera subrayar la palabra y el principio-valor de la no-violencia como el medio supremo en la constitución expresiva del movimiento estudiantil universitario. Un medio cuyo fin, no puede vislumbrarse instrumentalmente desde el didactismo conductista que como fuerza ideológica es el camino más fácil para la servidumbre y para el total desvanecimiento de la misión de la universidad. El sistema universitario colombiano tiene que ser el motor filosófico que impulse las geografías de la no violencia en todo el estudiantado y en la proyección vital de sus graduados y profesionales. En las aulas, en la investigación y en el campus universitario, la experiencia disciplinar, interdisciplinar y transdisciplinar tiene que tener como fin la no-violencia y la consolidación de estructuras de debate que nos enseñen a disentir sin caer en el odio, la burla o el sarcasmo descalificador, tan común hoy en las redes y en algunas de las expresiones desafortunadas que alcanzamos a percibir en las diversas campañas políticas.

Desde luego que tiene que valorarse y reconocerse el conflicto, como un elemento propio de la vida social, sin tener que anular al contrincante, o al que piensa distinto.

El problema es que el contenido curricular en muchos espacios educativos niega el conflicto y no estamos formando y educando en aprendizajes que le permitan a la persona humana canalizar sus frustraciones e inconformidades desde el sano reconocimiento del disenso, del esceptismo o de la duda.  

Las fuerzas ideológicas que mueven la vida universitaria deben proyectarse a la vanguardia, contrarrestando las lecturas de la realidad que propician mecanismos de violencia. Lo que queda al desnudo con tanto linchamiento mediático en estos tiempos electorales, además de la pobreza argumentativa de las campañas políticas, como del pésimo periodismo que ejercen los principales medios de comunicación en Colombia, es la relación entre fuerzas ideológicas que definen marcos curriculares que no contribuyen de manera práctica y teórica a la generación de formas del ejercicio ciudadano más cercanas a una cultura de la no-violencia.

La universidad tiene que pensar la realidad, y tomar partido por todo lo que contribuya a una cultura de la vida. La innovación educativa tiene que darnos estrategias para defender nuestros derechos y los derechos constitucionales sin caer en el juego sucio de las violencias físicas, mediáticas o simbólicas que se ejercen desde los discursos dominantes, una de cuyas voces protagónicas en nuestra historia ha sido la violencia del Estado y que la Constitución de 1991 o la generación del 91 hemos sido incapaz de acabar.

 A estas alturas de la historia humana, la universidad tiene que ser cautelosa ante la manipulación que aun hoy en día ejercen fuerzas ideológicas que siguen pensando que el motor de la historia es la violencia. La esencia de la universidad en el plano del sano debate es la paz y la no-violencia, ideales probablemente muy ajenos a las propuestas de infiltración de agendas ideológicas representadas en las voces de la izquierda radical o en las manipulaciones que vienen incluso haciendo sectores institucionales internacionales que expresan los valores del neoliberalismo más violento, tal como lo señala la abundante literatura científica existente sobre el tema. Violencias que paradójicamente vienen de prestigiosas instituciones internacionales, tales como el Banco Mundial, el FMI, e incluso las mismas Naciones Unidas.  Hablo de paradoja, pues la fisionomía de la civilización occidental, como nuestra constitución, se debe al liberalismo económico y filosófico de la modernidad.

La tragedia de la nación colombiana es que estamos atrapados en los extremos; en el fondo no tenemos agendas educativas y políticas propias: la intertextualidad de la izquierda radical y de la derecha radical se manifiesta en que se glosa y reproducen los discursos y relatos que se imponen en los currículos y en las propuestas económicas y políticas nacidas en otras topografías y geografías culturales. Una educación noética (despliegue ético, espiritual, estéticoa, terrenal y experiencial), como sólidamente intelectual podría corregir esta falla geológica en nuestra educación. La universidad debería pensar más críticamente en las lógicas que configuran los imaginarios de las fuerzas ideológicas, tanto de la izquierda como de la derecha radical, develando sus falacias y equivocidades. La universidad tiene que enseñar que una realidad política saludable desborda los sentidos del Estado y de la propia Constitución, como de las propias agendas ideológicas que manipulan la realidad y buscan ejercer un control social en la vida de los ciudadanos inhabilitándolos para la vida y para el ejercicio de la libertad humana.

Lo político como bien supremo, como realidad de realidades, puede vivirse de diversas formas, pero tiene que fomentar, desde el sano reconocimiento del conflicto, los valores de la no-violencia. El orden existente en Colombia, en tanto experiencia vital para millones de colombianos es muy precario, (20 millones de pobres y más de 8 millones de personas viviendo en la pobreza extrema, DANE, 2022); un Estado fallido, cuyas relaciones autoritarias empobrecen al ciudadano al hacer que la vida de todos tenga que parasitarse desde una politización ideológica de todos los espacios vitales de la vida del ciudadano. El diseño institucional del Estado tiene que repensarse en sus relaciones con la sociedad. Tema completamente ausente en las agendas políticas electorales de los movimientos y partidos que quieren tomarse las riendas del gobierno y del Estado.

Tenemos que aprender a regularnos en los usos de la violencia en cualquiera de sus formas, es decir, desde un tweet, hasta en la forma en que debatimos y nos referimos a los otros. El uso de la violencia, debería pensarse como un imposible o la peor de las opciones. Un principio educativo que todos deberíamos asumir y proyectar en todos los espacios de nuestra propia cotidianidad. Sin embargo, la función de la universidad tendría que profundizar en el análisis de las violencias ocultas, el currículo oculto y en el estudio de las violencias estructurales que reproducen y explican en parte las violencias físicas que se han tomado nuestra cotidianidad; manifestaciones y comportamientos que en ultimas expresan muchas de las frustraciones y heridas de vida que llevamos en nuestros hombros y cuerpo los colombianos.

La educación tiene mucho que enseñarnos, tanto en lo referido a las concepciones de mundo no-violentas, como a los mecanismos pedagógicos y didácticos con los cuales debemos formar a los millones de ciudadanos que pasan algunos años de sus vidas compartiendo los saberes que el profesor universitario imparte o comparte con sus estudiantes.  Escapar de la violencia tiene que ser la consigna. Toda violencia implica una reacción y generalmente la violencia proyecta y reproduce más violencia:  eso es lo que enseña la historia, tanto antigua como contemporánea. Desde un horizonte teórico y ético, el supuesto monopolio de la violencia por parte del Estado, implica que la sociedad debe regular con precisión y exigirle al gran Leviatán de la violencia, claros principios de regulación en todo lo referido al “gobierno” y “gestión” de la violencia como de la vida cotidiana del ciudadano. Es decir, como expresión de una de las principales fuerzas de la sociedad, todos los estamentos del Estado, incluidas sus fuerzas armadas, tienen, desde una clara concepción republicana, que difundir y trabajar por el fortalecimiento de una cultura de la no violencia. Quienes no hacemos parte del Estado ni del gobierno, que pagamos impuestos, y que estamos en posiciones académicas, debemos propiciar con nuestros pensamientos, escritos, acciones y proyectos, los planos y huellas de sentido que inspiren, brinden y abran los caminos de la no-violencia.

Luchar contra la violencia desde la no-violencia (con la vida).

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