Sept/26 Cadena, docente de la U. Militar Nueva Granada, enfatiza que los profesores sirven para acompañar en la formación del criterio propio, fomentando reflexión y ética frente a la tecnología.
¿Para qué servimos los profesores?: Entre tizas y algoritmos
Soy un profesor universitario tradicional. Hago parte, probablemente, de la última generación de profesores tradicionales. De aquellos tercios viejos que estamos viviendo la transformación tecnológica del aula con aprehensión y fascinación. Aprehensión, porque intuyo que algo de lo que aprendí a hacer bien, está dejando de ser necesario. Fascinación, porque barrunto que lo que viene a reemplazarlo es muy exigente.
La tecnología no solo reta el papel del profesor en el aula. Reta también la necesidad misma del aula, sea física o virtual. Si un estudiante puede obtener en pocos segundos una explicación clara, ordenada y razonablemente verificable de aquello que yo pensaba explicarle en una o dos horas, la pregunta deja de ser ¿cómo doy mejor la clase? y pasa a ser ¿por qué debería haber clase?
Cada vez que inicio un curso nuevo siento un cosquilleo íntimo que no asocio al temor ni a la inseguridad. Es la expectativa de una aventura colectiva. La curiosidad por compartir incertidumbres con un grupo de personas que usualmente no conozco. La certeza anticipada de que, si el curso sale bien, terminaremos con más preguntas que respuestas. Esa sensación no me la produce ningún sistema de información, por sofisticado que sea. Y creo que allí, precisamente allí, está la pista para contestar la pregunta de ¿para qué servimos los profes?
El rol del profesor universitario está cambiando, a veces sin que nos enteremos o queramos enterarnos. La clase construida sobre el supuesto de que el profesor es el portador y gestor del conocimiento está reevaluada, y lo está desde mucho antes de que apareciera la inteligencia artificial generativa. Lo que la tecnología hizo fue dejarnos sin excusas. Sostener esa forma de enseñar hoy equivale a competir contra una máquina en lo que esta se ha especializado, hasta ahora: acumular y entregar información.
Lo que se requiere es otro tipo de habilidades y de dinámicas. No para «modernizar» la universidad, sino para que la clase, el profesor y la universidad conserven su relevancia en una sociedad cada vez más mediática, materialista e hiperestimulada. Se necesitan profesores que
- Con su mirada y su liderazgo, muevan conciencias entre los estudiantes;
- Promuevan la formación de un criterio propio, para que con lucidez y discernimiento puedan desbrozar lo real e imperecedero en medio del flujo permanente e incuantificable de información disponible;
- Que sepan hacer pausas reflexivas en medio de la velocidad frenética que condiciona lo cotidiano;
- Que privilegien la ética y los principios fundamentales por encima del éxito, los elogios, los seguidores, la fama o una «felicidad» instantánea;
- Que se detengan a valorar la importancia del proceso y de sus alternativas, en lugar de enfocarse exclusivamente en los resultados.
Nada de eso es nuevo. Es, de hecho, lo más antiguo que tiene el oficio. George Steiner lo describió con una precisión que todavía incomoda: enseñar no es un procedimiento de transferencia, sino una relación tejida de poder, confianza y pasión (Lecciones de los maestros, 2004). Nuccio Ordine reflexionó sobre los riesgos que implican etiquetas como universidad-empresa y estudiantes-clientes (La utilidad de lo inútil, 2013). Martha Nussbaum advirtió sobre esa «crisis silenciosa» que avanza cuando la educación se somete a la lógica exclusiva del rendimiento (Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, 2010).
Muchas veces lo nuevo es lo olvidado. Lo que la tecnología está haciendo, sin proponérselo, es devolvernos a lo esencial. Nos está quitando de las manos todo aquello que era accesorio y nos deja solos con lo fundamental, que resulta ser lo más difícil de enseñar y lo que es imposible de automatizar.
No consiste en elegir entre la tiza y el algoritmo. La tiza no va a desaparecer: lo que desapareció fue la ilusión de suficiencia que se había forjado. El algoritmo tampoco llegó para reemplazar a los profesores (ni a la universidad): llegó a cuestionarnos ¿para qué servimos? Es una pregunta cruda pero pertinente, y debemos agradecerla.
La respuesta tentativa que tengo al iniciar cada curso, cuando vuelve el cosquilleo, es que servimos para acompañar a alguien mientras se forma su (nuestro) propio criterio. Ninguna IA puede hacerlo por nosotros. Y ningún profesor, sea tradicional o no, debería renunciar a intentarlo.
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