¿Por qué es importante la doctrina social de la iglesia para los universitarios?: Felipe Cárdenas

¿Por qué es importante la doctrina social de la iglesia para los universitarios?: Felipe Cárdenas

Junio/25 Cárdenas Támara, columnista de El Observatorio y Director del Observatorio Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente de la U. de La Sabana, muestra cómo la Doctrina social de la Iglesia proporciona al profesor universitario de herramientas conceptuales que le permiten leer la realidad desde nociones críticas frente a las ideologías dominantes del liberalismo y el marxismo.

<< Si algunos alardean de que pueden lograrlo, si prometen a las clases humildes una vida exenta de dolor y de calamidades, llena de constantes placeres, ésos engañan indudablemente al pueblo y cometen un fraude que tarde o temprano acabará produciendo males mayores que los presentes>> Papa León XIII, Rerum Novarum (1891)

Introducción

Hace pocos días, como todos sabemos, fue elegido el nuevo Papa de la Iglesia Católica, el cardenal Robert Prevost. Millones de seres humanos participamos con mucha alegría y regocijo de la elección del nuevo pontífice de la iglesia romana. Vimos a niños, jóvenes, hombres, mujeres y adultos, saltar, llorar y abrazarse de alegría en todas partes del mundo al observar el humo blanco que salía de una chimenea en un techo en el Vaticano. Como signo, el humo comunicaba que los cardenales electores ya habían elegido Papa. Millones de hombres, con sus expresiones de alegría, recordaban y le recordaban al mundo la presencia permanente en el tiempo de la institución más antigua de occidente y del oriente cristiano: la Iglesia Católico-Romana. Posteriormente, uno de los cardenales, mediante la frase Habemus Papa, anunciaría oficialmente que la iglesia ya contaba con un nuevo Pontífice que había elegido el nombre de León XIV.

Quiero destacar en este breve escrito el significado e importancia que tiene el nombre que seleccionó el cardenal Robert Prevost, el de León XIV para su pontificado y su significación para las ciencias humanas y sociales.

El nuevo Papa León XIV, tal como él mismo lo afirmó, optó por el nombre de León en referencia a León XIII (1810-1903), conocido como creador de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Los expertos en el tema nos recuerdan que las bases de ella ya habían sido sentadas por el Papa Bonifacio VIII (1235-1303) en la Unam Santam. En el fondo los orígenes de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) son los propios evangelios y la historia de salvación narrada desde la revelación judeocristiana.

En lo personal hacía varios años atrás había estudiado y trabajado con quizás la más emblemática encíclica de León XIII, Rerum Novarum, por estos días la volví a leer con atención y entusiasmo, caí en cuenta de su importancia en el sentido de su vigencia, constatando como parte de mi vida cotidiana, lo poco que conocemos la doctrina social de la iglesia y lo mal formados que estamos los profesores universitarios en esa materia.

Esta situación se explica por el anticlericalismo de muchos sectores intelectuales en el mundo, condición que tiene en parte su origen desde la Revolución francesa (1789). Nuestras naciones en su vida republicana son hijas de la Ilustración y de la constitución de la diosa razón por encima de los valores sacramentales que ha proclamado la iglesia.  Como hijos de una época, trabajamos con las categorías y enfoques que nos proporciona la sociedad y sus instituciones educativas, empezando por la socialización que acontece en familias, escuelas y universidades.  Ya en el terreno intelectual, la estructura de la realidad es leída principalmente a la luz de categorías dadas por el empirismo, naturalismo, marxismo, positivismo y el estructuralismo.  Desde luego que el método científico en sus diferentes paradigmas nos ofrece de valiosas herramientas para examinar la realidad. Así mismo, la creencia, los modos y los paradigmas científicos dominantes e impuestos también deben ser leídos como creencias. Lo cierto es que poco o ningún lugar existe en la universidad privada o pública para la DSI, y no hay por lo tanto lugar para la discusión de sus principios, alcances, límites y pertinencia. El intelectual, tanto en su formación, como en su ejercicio profesional, ignora de marcos conceptuales alternativos a los enfoques mencionados, que le permitan afinar −si lo considera pertinente− de categorías de análisis operativas para reflexionar sobre condiciones de injusticia, desigualdad social, colonialismo, imperialismo o dinámicas de segregación social y racial.

Conocemos de toda la injusticia epistémica que puede sufrir un intelectual o académico si se arriesgara a plantear, tan siquiera de manera superficial una breve referencia a la DSI en su tesis de maestría o doctorado. Eso es imposible, sólo puede pasar en Facultades de Teología. Sabemos de casos donde semejante osadía y desatino lo llevaría a correr el riesgo de ser linchado sin ninguna piedad por sus camaradas universitarios. Su vida puede convertirse en una pesadilla si se atreve a plantear e ir contracorriente de los enfoques dominantes, ya sea en filosofía o en las ciencias humanas.

Cuando la DSI se hace presente, sus contenidos suelen trasmitirse de manera rígida y aburrida, generalmente se acompaña de un proceso de trasmisión que puede ser descontextualizado completamente y con mucho tufo clerical. La paradoja es sarcástica, ya que la obra intelectual y espiritual de la DSI se desconoce; e incluso se ha empobrecido al interior de instituciones universitarias católicas, más interesadas en proyectar la doctrina de Naciones Unidas que los propios marcos doctrinales de la iglesia. Se vive una suerte de complejo de inferioridad marcado por un humanismo gelatinoso que se mimetiza en gestos de falsa apertura progresista, marcados por esquemas que liquidan por lo menos dos milenios de reflexión sobre cuestiones sociales, institucionales e incluso ambientales (papa Francisco, Laudato Sí, 2015) que han sido reflexionadas a la luz del evangelio y del diálogo con la ciencia por la iglesia institucional, en enseñanzas que se presentan en documentos de diverso rango: encíclicas, exhortaciones apostólicas, radiomensajes, cartas apostólicas y pastorales.

Soy de los que cree, con cierta ingenuidad anti maquiavélica, que todo este cuerpo documental puede alimentar el pensamiento crítico universitario, organizando y fortaleciendo a la institución, que ha optado en los últimos años, por beber más de las tesituras del coaching, que de los sentidos sistemáticos de la DSI y los desafíos que se le imponen a la sociedad en la fundamentación sobre la dignidad de la persona humana; sobre la opción preferente por el pobre; los derechos humanos y por la solidaridad con las víctimas de la injusticia. La DSI, por su carácter dinámico e histórico tiene el potencial de mover las bases esclerotizadas de nuestras universidades, hoy arrodilladas a los estándares de calidad educativa impuestas por el dios leviathan y su reinado gnóstico.

El contexto

¿Por qué es importante la doctrina social de la iglesia para los intelectuales, católicos o no católicos, creyentes o no creyentes? En un mundo secularizado, marcado por la prevalencia de ideologías de la muerte y la violencia a diestra y siniestra, no es una pregunta que sea sencilla de responder. Hasta cierto punto ya es un logro el plantearnos el interrogante. Voy a dar una simples pistas e intuiciones personales que necesitarán mayores niveles de reflexión y profundización. ¿Tiene validez la doctrina social de la iglesia para un profesor universitario? Yo opino que sí,  y lo digo porque creo que amplifica el campo perceptivo e intelectual de quienes tienen en sus manos la educación de personas y la transformación de la sociedad hacia realidades más justas y humanas.

En un mundo secularizado, La DSI le proporciona al profesor universitario de herramientas conceptuales que le permiten leer la realidad desde nociones críticas frente a las ideologías dominantes del liberalismo y el marxismo. Muchos estudiantes de doctorado y maestría enriquecerían su visión desde la DSI, permitiéndoles romper con el bucle conceptual de la violencia y el conflicto como factor explicativo de sus marcos teóricos anclados en las viejas categorías de lucha de clases.   Adicionalmente, existe una intencionalidad fruto de la maestría en humanidad de la iglesia que no vamos a encontrar en las epistemologías de las ciencias sociales muy marcadas por compromisos ideológicos, de escuela o de enfoque. Desde luego que una mala interpretación de la DSI puede conducir, como de hecho ha pasado con muchas encíclicas que hacen parte del cuerpo doctrinal que comentamos, en reducir el cristianismo a una ideología más, marcada por los radicalismos de la derecha o la izquierda, cuyas “verdades” numerosas veces han incendiado el continente en sus lecturas “inspiradas” de documentos pontificios relativamente recientes como Pacem in terris  (Juan XIII) y Populorum progressio (Pablo VI).

La lectura, estudio y aplicación de la doctrina social de la iglesia no puede estar sujeta, como muchas veces ha pasado, a seguir de manera acrítica con postulados de obediencia jerárquica hacia los obispos; o al despliegue de estructuras armadas que marcaron la vida de muchos curas en el continente en sus militancias convertidas en signos ideológicos que convirtieron a muchos curas en asesinos de su propio pueblo.

Voy a sintetizar una idea o intuición que tengo y que para desarrollarla plenamente se tendría que realizar toda una investigación al respecto. Tenemos que partir del hecho que el profesor, investigador e intelectual universitario vive inmerso, en guerras o luchas teóricas y metodológicas con un universo de problemas de investigación que le exigen todas sus fuerzas vitales e intelectuales. Dependiendo de la universidad en la que se encuentre, las batallas metodológicas están fuertemente determinadas por el sesgo, los valores o el marco ideológico que se ha institucionalizado en su universidad, facultad o departamento.

En las ciencias sociales latinoamericanas las opciones metodológicas han sido definidas por marcos teóricos positivistas, marxistas, neomarxistas, postmarxistas, estructuralistas, postestructuralistas, coloniales, postcoloniales, etc. La teoría crítica tan usada en muchas de nuestras universidades tiene una clara intertextualidad marcada por los devenires intelectuales de la Escuela de Frankfurt. Es muy difícil para un intelectual universitario en ciencias sociales desprenderse y evitar asumir los juicios de valor y la cosmovisión que como principios rectores de la investigación condicionan su enfoque y que además es impuesto por su profesor, decano o director de trabajo de investigación. Un intelectual conservador o un economista liberal, tendrá como datos relevantes para su lectura de mundo, unos muy distintos a los datos relevantes de un marxista.  Ahora, el peso de lecturas afines al marxismo puede considerarse como la expresión de un discurso interpretativo dominante en el campo de las ciencias sociales de América Latina. Me comentaba un amigo, economista egresado de la mejor universidad de Colombia:  −Vine a conocer los planteamientos de la Escuela Austriaca de Economía ya de viejo cuando me pensioné. Nunca nos hablaron de ella en la universidad−. Si eso sucede con la Escuela Austriaca de Economía, se podrán imaginar la situación de la DSI en los campus universitarios del continente.

La formación del estudiantado en las universidades del continente ha privilegiado lecturas cientifistas centradas en el conflicto, la lucha de clases y una teorización cuyos anclajes en repetidas ocasiones apelan a categorías marxistas.  Incluso la teología latinoamericana en sus diversas variantes ha sido influenciada por el marxismo, llámese teología del pueblo, teología de la liberación, teología de la Tierra. Desde luego que se identifican otros enfoques ligados a la hermenéutica, la fenomenología y la semiótica. Se extraña en un continente cuya alma ha sido marcada por el catolicismo, el uso de referencias más frecuentes y profundas a la doctrina social de la iglesia, en concreto a encíclicas como Rerum Novarum y muchas otras que pueden ser presentadas como ejemplos.

Es trágico, irónico y penoso que muchos estudiantes, profesores creyentes, por falta de conocimiento sobre la doctrina social de la iglesia terminan o terminemos parafraseando conceptos y argumentos, cuyos marcos teóricos, analizados en profundidad no se corresponden con los valores personales y existenciales más profundos, tampoco son los valores del pueblo ni la cosmovisión de nuestras culturas. Desde luego que una exploración monográfica sobre la producción intelectual en mención implicaría un proceso de investigación más preciso. No anula el hecho que, en lo personal, en lo que leo, evaluó o asesoro, las referencias a la doctrina social de la iglesia, incluso al interior de universidades cristianas o católicas son desde mi ángulo visual con más de 30 años dedicados a la vida universitaria prácticamente inexistentes. Lo que implica que hemos estado interpretando el mundo de manera bastante sesgada, es decir, nuestras lecturas de realidad han ignorado, dada la fuerza de enfoques materialistas (muy valiosos por cierto), de otros campos perceptivos que han sido marginados de la discusión académica y de la formación de los estudiantes, por ejemplo el papel de la metafísica y la ontología en la constitución de la estructura de la realidad, erosionando completamente el despliegue de sentidos cognoscitivos en la formación ciudadana y la configuración de la sociedad política.

Los efectos los podemos ver muy claros en Colombia, un país marcado por la ideologización de extremismos políticos de izquierda y derecha, y cuyos lideres políticos, en el marco de sus populismos mesiánicos exacerban el odio y el conflicto como las fuerzas motoras de sus proyectos políticos.

Por ello, es que es importante la doctrina social de la iglesia, ya que provee de un marco teórico cuya experiencia, orden, lógica y principios (en teoría) abre un espectro conceptual diferente, novedoso y apartado de las ideologías de la violencia y del odio. No siempre ha sido así. Centenares de curas realizaron una mala lectura e interpretación de la doctrina social y terminaron con sus vidas y las vidas de otros movidos por los ideales de la lucha revolucionaria armada, y participando en las más brutales aventuras de violencia.

Ahora, siendo realistas existe un depósito de categorías y símbolos inteligibles, que ofrecen significados e interpretaciones de realidad que pueden ayudar a enriquecer el análisis y la acción transformadora del mundo y de las estructuras del mal. No estamos ante documentos con pretensiones de erudición barroca o postmoderna. Su mensaje es sencillo y oportuno, destacando problemas fundamentales de la sociedad y la existencia humana.

Para Colombia, un país marcado por la presencia crónica de conflictos armados híbridos de todo tipo, por la corrupción del Estado-gobierno en muchos de sus órganos, la exploración de lecturas que no sólo lean la realidad desde explicaciones centradas en el conflicto, la lucha de clases, el estatismo revolucionario, sin desconocer el valor de muchas de las categorías de análisis de las ciencias sociales, podrían contribuir a contar con interpretaciones complementarias, que introduzcan por ejemplo los valores de la cooperación en el marco del papel de ella en la construcción de una sociedad política más justa, equitativa y amorosa. Toda la reflexión sobre el bien común que se ha desarrollado en la DSI, puede ser un campo fértil para superar, enriquecer o complementar las lecturas, sobre el conflicto, la desigualdad y la injusticia social que se vive en nuestras sociedades, instituciones y grupos.

La reciente elección del Papa León XIV hace evidente y nos recuerda la relevancia de la doctrina social de la iglesia. Pensamos que ella, sin apelar a clericalismos ni fanatismos religiosos, puede aportar a la existencia del hombre, brindando herramientas y clarificaciones que quizás no tenemos desde las ciencias sociales. El sencillo sacerdote fraile agustino padre Robert Prevost, hoy León XIV, de ser un humilde servidor misionero, perdido en pueblos aislados en los Andes peruanos, con el nombre que seleccionó, nos recuerda la importancia de conocer y conservar tradiciones intelectuales que están orientadas a formar en comunidad, en el respeto a la vida y en la hermandad entre todos los pueblos.

El reto intelectual nuestro, es decir, quienes seguimos perdidos en un rinconcito en los Andes, es no esclerotizar el mensaje de salvación del evangelio, institucionalizándolo con rigideces conceptuales y por encima del carisma y de las palabras de vida de Jesús.  En suma, la institución universitaria está para servir y la doctrina social vivida y experimentada tiene su núcleo fundamento en los Evangelios. Superar lecturas esquemáticas, rígidas de la realidad a la luz de la doctrina social de la iglesia es un enorme reto. Y no es un reto sencillo, dado el nivel de decadencia y la descristianización de la sociedad, como de las propias confusiones ideológicas existentes en las ciencias sociales e incluso al interior de estructuras de la misma iglesia, como de las universidades que esta maneja. La DSI nos puede señalar ciertos rumbos y ángulos visuales, como horizontes de sentido para que sus principales argumentos de justicia y paz sean vividos desde el corazón de los hombres.

Jorge Eliécer Gaitán, el llamado caudillo del pueblo, citaba en sus discursos la Encíclica Rerum Novarum de León XIII. No le vendría mal a los nuevos pseudo caudillos colombianos, marcados por el odio y la agresión constante en sus discursos,  acercarse a la doctrina social de la iglesia para encontrar en ella, como diría el Papa León XIV,  medios para desarmar las palabras, para desarmar la Tierra, proyectando una comunicación desarmada y desarmante.

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