El Observatorio de la Universidad Colombiana

Sáquenlos de la universidad

Juan Pablo Calvás cuestiona, en El Tiempo, las inacción de los directivos de las universidades públcias frente a los encacuchados ye studiantes que se dejan infiltrar por los terroristas.

No hace falta ser estudiante de una universidad pública para aborrecer los hechos que se presentaron la semana pasada en Bogotá y Tunja, cuando encapuchados se tomaron el campus de tres centros educativos y se enfrentaron a punta de piedras y papas bomba a los miembros del Esmad.

Confieso que no comprendo muy bien cómo funciona el asunto. No sé cuál es el germen de estas protestas. No tengo claro si primero bloquean las vías o si comienzan amenazando a las autoridades de la universidad. No sé si los encapuchados primero empiezan a tirar piedras como loquitos a todo lo que se les atraviesa y luego, cuando llega la Policía, le empiezan a lanzar a ella los ladrillos que arrancan de los andenes y las bombas molotov.

Como sea, el resultado es lamentable: la universidad pública resulta desprestigiada, los estudiantes se ven afectados en el normal desarrollo de sus clases, el comercio y las edificaciones vecinas terminan golpeados por los cierres, los vidrios rotos y las pintadas con aerosoles que hacen los manifestantes en sus fachadas. Nadie gana con esas protestas.

Por eso no entiendo por qué todavía no pasa nada para detener este absurdo de los infiltrados de la guerrilla en universidades como la Nacional o la Pedagógica. ¿Dónde están las autoridades de la universidad? ¿Quién le pone el cascabel a este gato?

Una cosa es que los estudiantes se organicen para lanzar propuestas educativas e ideas que busquen mejorar las condiciones de las universidades públicas, como lo ha venido haciendo la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE). No me opongo a las marchas de estos estudiantes organizados que buscan hacerse escuchar. Pero eso nada tiene que ver con los grupos anónimos de estudiantes que terminan convertidos en protagonistas de batallas campales como las que vimos hace unos días.

El caso de la Universidad Pedagógica es el más doloroso. Primero, porque se trata del establecimiento que supuestamente debe formar a los educadores del futuro. Segundo, porque, tratándose de una universidad pequeña en términos espaciales (su sede principal ocupa una cuadra en la calle 72 con 11), es apenas evidente que las directivas de la universidad deben tener claro qué es lo que pasa y quiénes son los que representan esa línea de pensamiento que va en contra de la academia.

Sin embargo, cada nuevo semestre llegan jóvenes de 17 o 18 años a matricularse, a comenzar a estudiar, y a los pocos días ya los están abordando los ‘infiltrados’ para ofrecerles la posibilidad de integrar una de las células insurgentes que viven dentro de la universidad. ¿En serio nadie le cuenta esto al rector? ¿En la dirección de la Universidad nadie sabe que esto ocurre?

Pasan los días y esos mismos que convocan y reclutan empiezan a amenazar a aquellos que no les simpatizan. Conozco casos de personas que abandonaron la universidad por las presiones de los ‘infiltrados’. ¿De esto tampoco se entera el rector?

No puede ser que las directivas de universidades como la Pedagógica o la Nacional solo se preocupen de la presencia de estos grupos al margen de la ley dentro de su campus cuando los ponen a llorar los gases lacrimógenos. Es impensable que no sepan quiénes son los responsables de los desórdenes que tanto daño hacen a la universidad.

Si saben quiénes son, sáquenlos, pero asuman la responsabilidad de administrar todo lo relacionado con su centro educativo y no permitan que se siga mancillando el buen nombre de universidades que fueron hechas para todos nosotros.

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