Se necesita una universidad que enseñe para trabajar toda una vida y no sólo para unos pocos años

Opinión de Ernesto Rodríguez Medina en El Nuevo Siglo.

Se habla mucho de la necesidad de reformar la educación y el debate no sólo interesa a los colombianos y a su nuevo gobierno, sino a los norteamericanos y a los europeos. Los asiáticos no la necesitan.

Sir Ken Robinson, un gurú de estas lides, sostiene, por ejemplo, que hoy existe una crisis más grave que la climática y es la de los recursos humanos y que radica, principalmente, en el pobre uso que hacemos de nuestros talentos.

“La inmensa mayoría de nosotros no disfruta de la vida: no disfruta con lo que hace, y sufre en su trabajo, en lugar de disfrutarlo”, afirma y culpa al sistema educativo tradicional de “alejar” a muchas personas de sus talentos naturales, gracias a un obsoleto modelo que educa pensando en la industria, en forma estandarizada y no individualizada.

Sentencia parodiando a Lincoln: estamos encantados con nuestra mediocridad y el estado actual de las cosas. Tenemos que “desencantarnos” para poder innovar a fondo en nuestras prácticas pedagógicas que no dejan florecer los talentos propios e innatos, sino los apabullan con enseñanzas ajenas a sus gustos, intereses, necesidades.

Lo único cierto es que hoy, la urgente y necesaria innovación pasa por el meridiano del cambio tecnológico, del uso intensivo y extensivo de las Tecnologías de la Información y de las Comunicaciones, TIC.

En ese proceso hay un nivel que es fundamental: el que nos permita tener una universidad para el siglo XXI. Una universidad que enseñe en forma permanente y no por un solo lustro. Una universidad que enseñe para trabajar toda una vida y no sólo para unos pocos años, como sucede con la actual.

Hoy en un mundo digitalizado, móvil, convergente, en donde la red de redes, o la Internet, es la autopista para poder acceder al conocimiento como recurso estratégico de la nueva economía, nuestra universidad no puede seguir operando analógicamente, anclada en el pasado y con técnicas y currículos propios de hace cien años.

Es un hecho innegable que los “nativos digitales” – la llamada “generación net”, nacida después del advenimiento de la Internet- constituyen la masa crítica de nuestras aulas superiores. Y que esas aulas siguen siendo vetustas, con medios antediluvianos y arcaicos programas curriculares, conducidos por unos profesores aferrados a su autoridad magistral y soportados por la tiza y el tablero, cuando frente a ellos hay miles de estudiantes inmersos en la multimedia multicanal, los correos electrónicos, los blog y las redes sociales que los conectan ubicuitariamente, es decir, instantánea y simultáneamente, desde cualquier lugar, a cualquier hora y por cualquier medio.

Es un nuevo y espléndido escenario que ha cambiado todas sus formas de relación y comportamiento, comenzando por las necesarias para acabar con esa gran brecha de las distancias sociales, culturales y geográficas. En donde no hay monopolio de la información y esta se encuentra en la red a disposición de quien quiera tomarla. La Unesco está empeñada en esta gran revolución, pero lo cierto es que nuestros países están haciendo simples reformas cosméticas, en espera del gran tsunami que ya está en marcha, impulsado por una nueva generación que quiere respuestas para sus problemas de hoy y no le sirven las del siglo pasado.

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