El Observatorio de la Universidad Colombiana




Sobre el papel del maestro en tiempos de pandemia: Felipe Cárdenas – Feb/21

El académico Felipe Cárdenas Támara Ph.D, director de la maestría en Educación de la Universidad de La Sabana comparte una reflexión epistemológica y filosófica en torno de la dimensión propia del docente y su actuar, a propósito de la pandemia. El siguiente es el análisis titulado por el autor como “Reflexiones sobre el papel del maestro en tiempos de pandemia y agendas neoliberales”.

Toda sociedad y cultura ha expresado, expresa y expresará el significado de la educación como los contenidos vitales que el maestro, la sociedad y las instituciones como organizaciones educativas tienen que proyectar en dicha sociedad.  El acto educativo desborda las propias responsabilidades del maestro, siendo la educación un proceso dinámico que no está limitado exclusivamente al proceso de transmisión de contenidos educativos que deben ser aprendidos por unos aprendices, que en la sociedad actual están marcados por las directrices de gobiernos neoliberales que imponen agendas basadas en dudosas competencias educativas que no reflejan una sólida lectura teórica de la educación. Toda la realidad enseña y el ser humano vive una vida con sentido que desborda lo meramente biológico, o los contenidos de un relato que se impone exclusivamente desde los valores de la empresa. Podemos hacer historia y estamos atravesados por la historia, cuyos referentes desbordan los sentidos del diálogo mono cultural que se viene imponiendo en el ámbito educativo. Yo puedo aprender de otros con sólo observarlos en sus oficios y quehaceres. Una lección básica de la antropología es que aprendemos del contacto con la realidad, cuyas lógicas desbordan el aula, y así podemos proyectar introspectivamente con base en la experiencia lo que la realidad en toda su complejidad me está enseñando.  La educación es más que instrucción; la educación es más que resultados de aprendizaje.                            

El oficio de maestro, el del educador no es tan sencillo como lo estamos expresando. La lucidez de George Steiner nos advierte del riesgo de la idealización, de la cual nos es difícil apartarnos cuando queremos argumentar sobre “las verdades subyacentes a esta profesión” (Steiner, 2011).  Para Steiner, en su trabajo titulado Lecciones de los maestros (2011), donde evoca a la figura arquetípica de ellos –Sócrates, Platón, Virgilio, san Agustín, Dante, Husserl, Heidegger y Jesús y sus apóstoles– dicha profesión está marcada por “complejas raíces religiosas e ideológicas”.  El oficio de maestro no puede eludir complejos datos soteriológicos que marcan la historia humana más allá de la racionalidad del relato que se impone desde las competencias neoliberales, cuyos contenidos conversacionales no expresan toda la trama de la historia, e ignoran recurrentemente el papel del arte, la literatura y las ciencias sociales y humanas en la configuración cultural y política de nuestras sociedades. Una educación que margina por imposición doctrinaria el despliegue espiritual de la comunidad educativa amparada en fundamentaciones exclusivamente empresariales se hace cómplice de las fuerzas del mal, desvirtuando la representación profunda del maestro y del docente.  En palabras de Steiner:

<<La profesión del profesor –este mismo un término algo opaco– abarca todos los matices imaginables desde una vida rutinaria y desencantada hasta un elevado sentido de la vocación. Comprende numerosas tipologías que van desde el pedagogo destructor de almas, hasta el Maestro carismático>>.

Si retomamos los sentidos etimológicos de la palabra educación vamos a encontrar varias ideas-fuerza y un profundo potencial semántico.[1] Veamos: Para la civilización occidental etimológicamente la educación, palabra derivada de educatio (crianza, entrenamiento, educación) se entiende como enseñanza en el sentido de proyectar la acción y efecto de desarrollar las facultades intelectuales y morales. El verbo educare se entiende como vinculado a las acciones de nutrir, criar, educar.  Otro verbo derivado e inspirador es educere que se entiende como guiar, exportar, extraer.  Se afirma que el prefijo ex indica hacia afuera y está asociado a la raíz indoeuropea eghs, que a su vez está presente en el prefijo griego ek‒ex, presente en las palabras exclipse, ecléctico, exorcizar y exodonte. El verbo ducere está relacionado con la raíz indoeuropea deud que se entiende como guiar y arrastrar. Así los humanos estamos marcados y definidos por la educación, nuestras vidas pueden ser entendidas como partículas educativas que guían de manera activa nuestras vidas y las vidas de otros, incluidos los no-humanos. En ese sentido, ninguna sociedad o cultura en sus procesos educativos tiene por propósito explicito formar tontos, charlatanes o desadaptados, ni mucho menos analfabetas sociales y emocionales; pero la paradoja es que la institucionalización de la escuela en la configuración civilizatoria del modo de producción capitalista no le permite siempre al educando aprender la cultura ni lo que es la vida (Moreno, 2003).                  

La educación en la figura del maestro, uno de los principales actores en la evolución de los sistemas escolares contemporáneos, desborda los sentidos lexicográficos de cualquier diccionario, manual o enciclopedia que nos hablen de educación. Consideramos que es pertinente la reflexión en las circunstancias sociales actuales,  donde pareciera que la misión primordial de la escuela, la universidad, los colegios y los agentes responsables de la formación de las nuevas sociedades, se interesaran únicamente por formar, no seres humanos capaces de dar lo mejor en una actitud generosa de donación, sino entes competitivos para el mercado, el consumo y el capitalismo deshumanizante;  esta realidad se ve reflejada en la crisis de valores puesta en escena en la doble moral de nuestros líderes políticos, religiosos y por qué no familiares:  la familia, cuna de la formación, también se encuentra en cuidados intensivos.

La figura del maestro, como problema de sentido, ontológico y político tiene que comprenderse desde instancias históricas y antropológicas. No basta con decir que el maestro es el representante de todas las instancias políticas existentes en una sociedad. Desde una comprensión así el maestro o maestra representaría al Estado, al sindicato, al dueño del colegio privado, a los padres de familia o a los niños o al propio gremio. Una concepción de esta naturaleza expresa el eclecticismo ético y moral de los tiempos que vivimos y tiene el riesgo de contaminar ideológicamente la labor y el trabajo de la profesión. Los problemas de la representación política definen el núcleo de la indagación en ciencia política y dicha indagación no se puede comprender sin la articulación histórica del hombre en sociedad (Voegelin, 2006, p. 41).   Así pues, cada maestro, como cada institución educativa están relacionados históricamente, pero dicha articulación no agota los problemas de la representación política, ya que en la figura del hombre existen constantes o estructuras fundamentales en el sentido platónico y aristotélico que metafísicamente deben considerarse como atemporales, como por ejemplo la vida del espíritu, que en su realidad vital no puede ser reducida a condiciones exclusivamente biológicas, orgánicas o incluso culturales.   El anterior enunciado, se ha olvidado por los estados totalitarios y autoritarios que buscan la instrumentalización de la educación en aras de unos propósitos particulares, ya sea económicos (el estado neoliberal), de clase (el estado marxista), o burocráticos.   En el fondo de la trama cultural, toda sociedad puede intuir a través de sus mitologías o de su pensamiento mitopoetico que las fuentes de su existencia devienen de una verdad trascendente que desborda los sentidos políticos del partido, de la clase, del estado o de las mismas condiciones económicas. El hombre está en capacidad de buscar la verdad. Los grandes maestros de la historia, han proyecta sus enseñanzas a dimensiones que desbordan los sentidos políticos, del mercado y/o electorales con los que se reduce la noción de la representación política y la existencia humana. No se pueden desconocer las realidades biológicas y materiales en el hombre, pero la tensión fundamental del dato antropológico vislumbra la posibilidad real del despliegue espiritual, es decir hay espacio para la realidad de los trascendente. El hombre es un ser en relación consigo mismo, con el otro y por lo tanto con la realidad social y el Estado.  Esa verdad se expresa en la vida familiar, social, cultural y política como una experiencia de orden diferenciada, cuya vitalidad no se puede captar plenamente, tal como lo afirmaba M. Sciacca (1961) desde hace más de cinco décadas, ni desde el cientificismo sociológico, ni desde el positivismo lógico de las ciencias sociales.  De manera concreta los escenarios principales construidos como trayectos biográficos y organizacionales que marcan la vida de los sistemas escolares y de sus actores están resumidos en las siguientes condiciones existenciales identificadas por Steiner (2011):

<<Hay maestros que han destruido a sus discípulos psicológicamente y en algunos casos físicamente; han quebrantado su espíritu, han consumido sus esperanzas, se han aprovechado de su dependencia y de su individualidad. El ámbito del alma tiene sus vampiros. Como contrapunto, ha habido discípulos, pupilos y aprendices que han tergiversado, traicionado y destruido a sus maestros…La tercera categoría es la del intercambio, el eros de la mutua confianza e incluso amor <<el discípulo amado de la Ultima Cena>>. En un proceso de interrelación, de osmosis, el maestro aprende de su discípulo cuando le enseña. La intensidad del diálogo genera amistad en el sentido más elevado de la palabra. Puede incluir tanto la clarividencia como la sinrazón del amor>>.

El maestro en la civilización occidental está sujeto al símbolo político más importante de esta sociedad de raíces judeocristianas: su trabajo y su ser están sujetos a la representación política de la imagen y representación del hombre como Imago Dei, símbolo que hoy está fracturado dada la confusión eclesiológica reinante a la que nos tienen sometidos las iglesias fundamentadas en las teologías de la prosperidad como criterio de salvación. Por lo tanto, la identidad del maestro en su núcleo identitario tiene que estar en tensión con los principios y valores del complejo entramado constitutivo de la civilización occidental, cuyos referentes históricos y antropológicos ya no se enseñan en nuestros colegios y universidades obsesionadas y domesticadas por la institucionalidad estatal que impone una agenda educativa que poco se discute o debate en la vida cotidiana de nuestros sistemas educativos. Así lo que tenemos es un ciudadano totalmente incompetente para comprender y hacer historia. Además, se constata la presencia de instituciones poco virtuosas.

 

Bibliografía

  • Sciacca, Michele. (1961).  La filosofía de hoy. Barcelona: Luis Miracle.
  • Steiner, George. (2011). Lecciones de los maestros. Madrid: Ciruela.
  • Voegelin, Eric. (2006), La nueva ciencia de lo político, Buenos Aires, Katz.

[1] Tomado de Etimología de Educación. En: http://etimologias.dechile.net/

Compartir en redes