Dic/23 El exrector de la Universidad Nacional de Colombia y columnista de El Tiempo, habla de “Lluvia de malas notas” a propósito de los resultados de evaluación en todos los niveles, y dice que “el fenómeno más grave es que los resultados parecen resistentes a los esfuerzos”.
En estos tiempos de verano y Niño ha venido cayendo un aguacero de malas notas. Se publicaron hace poco las últimas de Pisa, el examen internacional de la Ocde a jóvenes de 15 años, en las que ocupamos el penúltimo lugar de la comunidad; también, las pruebas Saber 11 que el Icfes les hace a nuestros bachilleres, y las pruebas Saber Pro, a las que el mismo Icfes somete a nuestros universitarios en trance de grado.
Las reacciones en la prensa han sido inmediatas; la mayoría, intrascendentes y escapistas. Las peores son las de quienes prefieren criticar las pruebas que la situación. Toda prueba es criticable, pero negar que están mostrando alguna realidad es un autoengaño como el de la fábula de Esopo de la zorra y las uvas: cuando no pudo alcanzarlas declaró que estaban verdes.
En las pruebas Pisa nos consolamos porque estamos algo menos mal que otros. Sin embargo, en matemáticas, por ejemplo, caímos de un promedio de 388 a 373 (de 700). Es malo; por debajo del tres con el que pasábamos raspando. Pero además, el promedio de la Ocde fue de 472, y el de Finlandia (una de las estrellas), de 484.
Si hubiera proporción directa entre la nota y el tiempo de estudio (que no la hay, porque nada se resuelve haciendo lo mismo más tiempo) querría decir que deberíamos añadir tres años a nuestros bachilleres para que igualaran a sus pares finlandeses. Peor aún es que menos del 1 % de nuestros estudiantes alcanza los niveles altos cinco y seis, y el 71 % está en nivel insuficiente.
En Saber 11 de nuestros bachilleres mejoramos ligeramente con respecto al 2021 (2 %), pero todavía quedamos por debajo del que tuvimos el 2018. El puntaje global fue de 251,4 (sobre 500): rajados. Se mantienen los fenómenos de diferencias significativas entre los colegios urbanos y los rurales, los públicos y los privados, entre las regiones y entre los niveles socioeconómicos. Disminuyó ligeramente la brecha entre hombres y mujeres. Los mejores colegios están localizados, tanto los públicos como los privados, especialmente en la región central, no necesariamente Bogotá (aunque el mejor público es de Barranquilla). Los mejores pasan con notas promedio de 3,7, pero la mayoría se raja. El fenómeno más grave, y que se puede decir tanto de Pisa como de Saber 11, es que los resultados parecen resistentes a los esfuerzos.
En la prueba Saber Pro para egresados de universidades los resultados tampoco son buenos. Las 10 mejor calificadas (¡solo hay una pública!) están entre 186 y 167 puntos sobre 300, y la media se mantiene en 145. Las iniciativas de mejora han ido más hacia el entrenamiento de los graduandos con pruebas simulacro, que a cambios sustanciales. Un problema crónico es la baja calificación en programas de licenciaturas, los que forman maestros, y en sus competencias de enseñar, evaluar y formar. La Universidad Pedagógica Nacional, la líder en educación, ocupa el lugar 41. Es una condena al fracaso.
¿Y las propuestas del gobierno del cambio? Entre intrascendentes y nulas. No entendieron las señales y andan cuidándose para no pisar callos, sobre todo los de Fecode que más bien parecen tumores.
La cantidad de datos genera la oportunidad de hacer estudios sinceros, que no protejan a nadie. Alguna institución, ojalá académica e independiente, podría usar esos datos como experimentos sociales espontáneos. Con un catálogo lo más extenso posible de las características institucionales y del trabajo diario, se podría comparar instituciones parecidas con resultados disímiles para tratar de encontrar secretos de éxito o de fracaso. Los casos excepcionales son especialmente informativos. Pero la principal condición, ya lo mencioné, debe ser la sinceridad y la voluntad para descubrir qué estamos haciendo mal, aunque nos duela.
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