Junio/23 Este mes, Felipe Cárdenas- Támara, Director del Observatorio-Red Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente, y del grupo Centir, de la Universidad de La Sabana advierte cómo estamos ante la incapacidad de la sociedad y de sus instituciones médicas y educativas de cuidar la salud mental de sus miembros de la sociedad y, más grave aun, de los más jóvenes.
Es enorme el número de médicos, psicólogos y especialistas en salud que vienen desde hace más de tres décadas advirtiendo y señalando los errores de la psiquiatría moderna en su enfoque, perspectiva y tratamiento de síndromes ligados a la ansiedad y las llamadas enfermedades mentales. La falta de un adecuado modelo de salud por parte de la medicina moderna, particularmente la psiquiatría en su concepción de la enfermedad mental configura y está en la base lo que se denomina hoy como la sociedad medicalizada, realidad que ha sido estudiada en detalle por pensadores de la talla de Michelle Foucault.
Podríamos detallar con miles de casos conocidos la tragedia a la que nos referiremos en este breve texto. En lo más profundo de las palabras que usamos, están las voces de millones de jóvenes, que, en calidad de estudiantes, están viviendo la pesadilla de la medicalización que no queremos reconocer y abordar con seriedad y rigor, dado que tenemos la pretensión desde la medicina de creer que los problemas mentales o de ansiedad de nuestros jóvenes se resuelven con una pastilla. Para todos aquellos atrapados en la tragedia profunda de la sociedad medicalizada, particularmente los niños, jóvenes y adolescentes y sus familias va dirigido este escrito.
Nuestra pretensión con este breve texto nada tiene que ver con una descalificación de todo el universo de la medicina psiquiátrica que desde luego tiene mucho que enseñarnos. Lo que pretendemos es que tanto médicos, psicólogos y padres de familia piensen y reflexionen profundamente sobre el tema. La perspectiva crítica a la que invitamos es reflexiva y pretende invitar a reevaluar el enfoque médico dominante, particularmente en la concepción que este tiene sobre la llamada enfermedad mental.
Las instituciones educativas hacen parte de la sociedad y al estar constituidas como subsistema, ellas son parte de la llamada sociedad medicalizada. De manera gráfica y elocuente el tema es abordado en el documental titulado Take your pills (2018) dirigido por Allison Klayman, donde se muestra con precisión el estado farmacodependiente que tiene el sistema educativo estadounidense, que prácticamente ya tiene como pauta establecida la medicalización de sus jóvenes. Una sociedad cuyo principio fundamental es la competencia, el rendimiento y el desempeño (Educación basada en competencias-Competence based-education), encuentra en estimulantes como el Aderall, Ritalina y Prosac, entre otros, las drogas que configuran el ethos de esa sociedad enferma. Son drogas que le permiten al individuo “adaptarse” a los criterios que están en la base de la axiología de la sociedad dominante caracterizada por el individualismo productivista del esquema neoliberal dominante de la sociedad capitalista. <<Tomate tus píldoras y relájate para el examen, para la sustentación de la tesis o defensa del doctorado>>. Palabras que escuchamos en la voz de nuestros colegas, padres, abuelos, médicos y amigos; y que reflejan el grado de naturalización y banalización del mal y la idiotez humana al que hemos llegado como sociedad en su concepción de las formas como abordamos los temas de la medicalización, básicamente condicionados a las instrucciones, manejo y concepción de mundo de un paradigma materialista, biologicista y cientificista, que tiene como respaldo la acción propagandista de las grandes farmacéuticas mundiales, cuya ética en muchos casos es de dudoso calibre. Ahora, el tema es que estas drogas no curan ni sanan, es decir no son efectivas, pero si tienen un impacto existencial profundo en la vida de la persona, su familia y en la sociedad en su conjunto, y son incapaces de proveerle al individuo con visiones de mundo saludables y vigorosas. Un hijo dopado en la adolescencia puede implicar un adulto dopado para el resto de su vida y limitado en todas sus capacidades como ser corpóreo y espiritual.
La ansiedad y la depresión son graves problemas hoy en día y el sistema médico dominante de corte organicista y materialista está demostrando que para manejarlo tiene que dopar a niños y adolescentes, excluyendo de su perspectiva otras posibilidades terapéuticas y educativas. Gracias a una mala prescripción, millones de niños en el mundo están siendo obligados a estar drogados para que puedan tener una supuesta vida sana y rendir en sus colegios o trabajos. Pero está pasando todo lo contrario, el consumo de drogas psiquiátricas, que se viene incrementando de manera exponencial en todo el mundo, particularmente en los estratos de clase media y alta, específicamente en las sociedades de bienestar, está directamente ligado con el incremento del suicidio y en la generación de discapacidades, tanto físicas como mentales, que marcarán siempre el trayecto vital de vida de adolescentes y niños que en la gran mayoría de los casos no requerían del uso de medicamentos psiquiátricos si se hubiera contado con abordajes desde la psicología humanista o la homeopatía, por mencionar solo algunas de las terapias que están aportando a nivel mundial en la comprensión y tratamiento de estas condiciones.
Las anteriores palabras, muy breves para hablar de un fenómeno mundial gravísimo, sin duda serán descalificadas de inmediato por el sector dominante del gremio médico: <<Es una postura anti-psiquiátrica>>; <<son juicios pseudo-científicos>>;<<su evidencia clínica es inexistente>>. El modelo dominante en medicina se defiende y hará todo lo posible por desconocer las pruebas clínicas de otras tradiciones medicas que no sean las que se han institucionalizado en la medicina occidental; incluso se tienen pruebas de que se ha llegado a la violencia física, al linchamiento o al asesinato, con el fin de silenciar la voz del médico, o especialista que critica y reflexiona sobre la situación que se comenta. Sencillamente aquellos médicos disidentes son considerados como herejes y se puede llegar a configurar el mecanismo de linchamiento institucional que explica cómo en Colombia, y en casi todos los países del mundo, con más de 150 años de ejercicio de la homeopatía, casi que, desde tiempos republicanos, ninguna universidad se haya atrevido a dar el paso de crear pregrados de medicina homeopática, como sí sucede en la gran nación mexicana. Por el contrario, las carreras de medicina homeopática fueron desterradas del campus médico universitario en los Estados Unidos a partir del informe Flexner (1911) que impuso un único modelo médico en los Estados Unidos y que sería después generalizado y copiado a nivel mundial en todas las facultades de medicina y cuyo efecto implicó el destierro de todo el conocimiento tradicional médico y de ciencias médicas que occidente había acumulado desde el siglo XV y que para los Estados Unidos contaba con representación en la vida universitaria. No sobra recordar que el informe fue financiado por la emergente industria farmacéutica que ya empezaba a ser dominada por la millonaria familia Rockefeller.
Entonces el problema, aun cuando no lo queramos ver y aceptar, es que existe. Muchos de esos suicidios que ocurren semanalmente en las grandes universidades del mundo y colegios, tienen como uno de los comunes denominadores, entre otros factores, la medicalización psiquiátrica. El problema del que estoy hablando probablemente no existe o está registrado en los journals más importantes de medicina, ni les interesa hablar del tema. Por muy bien estructurado que esté escrito un paper académico sobre el tema, la probabilidad de que sea publicado es muy baja, si en sus hallazgos científicos se cuestiona el abordaje que viene haciendo la medicina sobre el manejo de la ansiedad y comorbilidades asociadas a ella, como la depresión o tendencias suicidas.
No estamos hablando de un tema trivial como lo pueden pensar muchos psiquiatras, educadores y médicos. La llamada generación Ritalina en los Estados Unidos de América, tiene medicalizados a más de seis millones de estudiantes desde etapas adolescentes. ¡Qué gran negocio para las farmacéuticas! Para muchos médicos seguramente es un tema trivial e irrelevante. Sin duda, la llamada sociedad medicalizada lo considera ya como parte de un hábito o estilo de vida que hace parte de la modernidad y de la opulencia ficticia que vivimos como civilización. Lo cierto es que estamos ante una crisis y fenómeno muy grave que habla de la incapacidad de la sociedad, de sus instituciones médicas y educativas en el manejo de la salud mental de los miembros de la sociedad y más grave aun de sus miembros más jóvenes. En el discurso oficial legal que fomenta la farmacodependencia de nuestros jóvenes escuchamos: <<Tómate tus píldoras y sigue trabajando>>. <<Qué no se te note tu ansiedad, tu depresión>>. Y, por otro lado, nos encontramos con normas sociales reguladas y en algunos casos aceptadas por la costumbre social: <<Tómese un traguito>>, <<Fúmese un cachito o un porro …>>. Y así, toda una generación de jóvenes viene pasando por unos ritos de iniciación que implican la intoxicación autorizada legal o ilegal en el seno de una sociedad dopada, es decir medicalizada, mejor intoxicada.
¿Nos tomamos en serio el problema y le damos un abordaje interdisciplinario que incluya el reconocimiento de la medicina natural, la homeopatía, ayurveda, medicina china y otros cientos de terapias que pueden contribuir a la construcción de un modelo de salud que complemente, y por qué no reemplace al modelo bioquímico dominante? Y en el campo educativo, ¿pensamos seriamente en la contribución que puede hacer la educación para resolver el problema y para brindarle a los estudiantes profundos sentidos de vida que desbordan y estén más allá de la concepción empresarial o industrial de la educación y de la universidad promovida por los valores de la organización eficiente que no se da cuenta de las derivas sectarias que la vienen alejando de sus valores y carismas fundacionales? No sobra recordar un adagio de la filosofía educativa: ni la escuela ni la universidad son empresas o industrias. Es la educación en su sentido pleno humanista la indicada, tanto en los sistemas escolares como universitarios, la llamada a señalar y a responder a ¿cómo sobrevivir en un mundo sobremedicado? De no hacerlo, nuestros jóvenes y sus familias seguirán dependiendo de la única opción que la sociedad medicalizada viene ofreciendo: la intoxicación de sus cuerpos y almas y la banalización del sentido de vida, restringiendo la capacidad de vivir a plenitud el breve espacio existencial que a cada persona le corresponde vivir desde uno de los valores y actitudes más poderosas que hacen parte de la evolución humana: el descubrimiento del valor supremo de la festiva sobriedad que podemos experimentar en el contacto con la realidad y lo real, incluidas nuestras propias miserias.
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