Sumar microcredenciales no asegura una formación profesional

Agosto 30/21 Analistas canadienses consideran un error sustituir el aprendizaje formal universitario con microcredenciales, pese a lo atractivas que estas parezcan.

Así lo señalan Leesa Wheelahan y Gavin Moodie, investigadores de la Universidad de Toronto, quienes han publicado el artículo “Las microcredenciales no se acumulan“, publicado en Thimeshighereducacion.com, y cuya síntesis se presenta a continuación:

Consideran que estos micro-títulos son “credenciales de trabajo para la economía del trabajo”, lo que exacerba la tenue existencia de trabajadores con dificultades y convierte a las universidades en servicios de capacitación laboral que ahorran dinero a las empresas en su capacitación interna, según dos académicos.

Leesa Wheelahan y Gavin Moodie han realizado una evaluación mordaz de esta tendencia educativa que está arrasando en el mundo. Señalan que las microcredenciales son calificaciones que fomentan la fractura del empleo formal a través de aplicaciones tales como las de entrega de alimentos, Uber y, en general, las de informalización.

Dicen que las microcredenciales reformulan las universidades como “un instrumento de cambio microeconómico” para atender las necesidades del mercado. “Su potencial para apuntalar el trabajo contingente y precario es mayor para los más desfavorecidos“, escriben.

“Aquellos que no tienen acceso a las ocupaciones de élite que ofrecen las universidades de élite deben asumir un mayor riesgo de ‘cuestionar’ los requisitos del mercado laboral para que tengan las habilidades ‘correctas’ necesarias en el momento adecuado para el trabajo correcto”.

Aunque estas microcredenciales han tenido un importante auge en distintas regiones (América del Norte, África y Australasia, en donde Nueva Zelanda las ha incorporado a su marco de calificaciones) y la OECD, la Comisión Europea y la Unesco están desarrollando marcos de reconocimiento para las microcredenciales, hay unos supuestos efectos secundarios de estos cursos de formación (inclusión, aprendizaje centrado en el estudiante y “autorrealización” de estos) que no están respaldados por evidencia, advierten. Los datos limitados sobre sus resultados laborales sugieren que los beneficios “son ciertamente más bajos que los de las credenciales sustanciales”, y a menudo no logran sacar a los graduados de la pobreza.

Estos cursos se venden con argumentos muy atractivos, tales como que el aprendizaje es más accesible, asequible y democrático, y que eso llevaría a las instituciones a ser más flexibles, relevantes e innovadoras. Pero estas ideas “han estado profundamente arraigadas en intereses económicos que degradan el valor educativo de la educación superior”, señalan los académicos.

La gente no domina la ingeniería automotriz obteniendo licencias de conducir, dice Moodie. “Las microcredenciales … están equivocadas si buscan desplazar en lugar de complementar calificaciones sustanciales. Y distraen y son potencialmente dañinos si su promoción socava estructuras y procesos necesarios para respaldar las calificaciones sustantivas “.

Para Wheelahan las microcredenciales benefician a los patrones a expensas de los trabajadores. Permitieron a los empleadores desinvertir en desarrollo profesional, dejando a las personas “cuestionando el mercado laboral”.

Para contrastar esta posición con la de quienes defienden las microcredenciales, en febrero de 2.020 El Observatorio de la Universidad Colombiana publicó el artículo “¿… Y si en vez de una carrera, diseño mi propio plan de estudios a partir de microcredenciales?” en el que se cuenta una experiencia de cómo proyectarse profesionalmente a partir de éstas.

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