Un angustioso y preocupante llamado a la vida por sobre las dificultades en la Universidad

Dic 5/19 Tras la muerte de un estudiante, Consejo Académico de la U. de Antioquia emitió un comunicado, reflexivo y muy humano, en el que llama a respetar la vida por encima de todas las diferencias.

Cabe recordar que, en disturbios con la Policía, el pasado lunes el estudiante de Educación Física de ese centro, Julián Andrés Orrego Álvarez, de 21 años, murió tras la activación accidental de una papa bomba, que al parecer éste tenía, en las afueras de la Universidad de Antioquia.

Un momento complicado vive esta Universidad, no sólo por esta pérdida sino por las permanentes confrontaciones del movimiento estudiantil, los debates profesorales, las dificultades económicas y hasta el hallazgo de explosivos dentro del campus.

El siguiente es el comunicado del Consejo Académico, presidido por el rector John Jairo Arboleda (foto), en el que no se emite una decisión técnico o administrativa específica, sino una invitación a repensar el rol de cada uno de los miembros de la comunidad universitaria en la construcción de un proyecto colectivo:

Este Consejo no puede dejar de comunicar lo que percibe, lo que siente y lo que piensa sobre la situación actual de la Universidad, y no se cansará de proponer una concepción de Universidad que incluye su aporte a la sociedad. Por eso declaramos que Julián Andrés Orrego Álvarez ha sido miembro de esta comunidad universitaria, y su nombre y su recuerdo se quedarán en ella. No hay razón para suprimir un hecho básico y valioso: era nuestro estudiante.

Su muerte nos duele y nos dolerá siempre.

Nosotros, los miembros del Consejo, somos hombres y mujeres que nos desempeñamos en los cargos de dirección de las unidades académicas. Estamos acompañados por el representante profesoral, el rector, los vicerrectores y vicerrectoras, la secretaria general, y algunos jefes de la administración central de la Universidad. Somos parte del Consejo por un tiempo. Antes y después de llegar aquí, ustedes nos vieron a todos y nos verán, en el aula de clase o en el escritorio de al lado, donde estuvimos y estaremos como profesores.

Esto somos los que hemos hecho comunicados, y los que ahora escribimos tal vez el más difícil de todos, el que nunca hubiéramos querido hacer, porque esta vez tenemos mucho más que dificultades académicas, calendarios que se complican, programas que esperan, déficit presupuestal, discusiones pendientes o críticas sin responder. Esta vez se trata del hecho más doloroso para la universidad: la pérdida de una vida de manera súbita y violenta.

Profesores que somos, como ustedes, colegas, sabemos lo que eso significa. Y ustedes, queridos estudiantes, deben saber que ese es el gran temor que nos acecha constantemente en un país en el cual la vida es especialmente frágil, ya que aún no se la respeta como derecho fundamental y valor supremo que prevalezca sobre las muy diversas ideas de justicia, o de orden, o los bienes materiales.

No obstante, como profesores que somos, seguiremos haciendo todo cuanto esté a nuestro alcance para que un día ese temor desaparezca y podamos habitar juntos en una sociedad que respeta la vida, no solo situacionalmente, sino con mecanismos y transformaciones políticas, culturales y sociales perdurables en el tiempo.

Hemos procurado mantener una línea de conducta coherente con nuestra condición esencial de profesores, y por eso seguimos advirtiendo la contradicción y la ineficiencia del uso de la violencia. Las violencias en la Universidad nos dañan moral y materialmente. Y por eso mismo, no dejaremos de insistir en que nada, nada, nada, puede estar por encima de la vida.

Los profesores que integramos este Consejo Académico hacemos un llamado a nuestros colegas y a nuestros estudiantes para que hagamos un esfuerzo adicional por fortalecer en los momentos de desacuerdo un compromiso con la construcción de paz; para que procuremos tomar decisiones meditadas, críticas y autónomas sobre la universidad que queremos; y para que planteemos juntos preguntas y exigencias a una sociedad que no parece dispuesta a examinar sus injusticias y desigualdades, y que en cambio se siente tentada a enjuiciar de la manera más drástica las acciones que resultan de los callejones sin salida que prevalecen en ella.

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