El Observatorio de la Universidad Colombiana




… y la educación superior dejó de ser un negocio

Mayo 2/21 Recesión económica, oferta menos atractiva, subsidios públicos, mucha competencia y tasas demográficas a la baja marcan el fin de una era dorada en la demanda en educación superior colombiana.

Es una realidad que se veía venir y que, definitivamente, la pandemia ha confirmado.

Este es un escenario complejo y de difícil crecimiento en el corto y mediano plazo en sus cifras, especialmente para la educación superior privada. En el sector público el panorama es menos complejo, más allá de sus debilidades de articulación como sector, de la nueva politiquería ahora convertida en egoísmos y ansias de poder que debilitan la gobernabilidad en varias de sus IES, y en la inequidad presupuestal.

Mientras que la lógica de la mayor parte de los privados es ser visibles en calidad y crecer (…y enriquecerse, aunque decir esto sea profano en el sector), la lógica de los públicos es sostenerse financieramente y garantizar condiciones de calidad. La apuesta por el crecimiento en número de matriculados es de los privados, más que de los públicos, pero las actuales condiciones del mercado educativo, y que seguramente se extenderán por varios años, mientras que la humanidad supera la pandemia y Colombia regresa al camino económico de hace pocos años y sus fisuras, han configurado un escenario de demanda en educación superior poco atractivo.

Fueron casi dos décadas de aumento gradual y continuado de la cobertura en educación superior, tras la crisis financiera de los años 1997-1998, en las que el sistema de educación superior colombiano fue creciendo numéricamente en programas, IES y, sobre todo, estudiantes. Entre 1998 y 2020 la cobertura nacional subió en 40 puntos porcentuales, pasando del 13 % al 53 %, lo cual se constituyó en un verdadero boom, que permitió a la educación superior colombiana superar el rezago que tenía frente a la del continente y pasar a estar ligeramente por encima del promedio regional.

Los mensajes de las ONGs y organismos multilaterales de crédito (Banco Mundial, BID y OECD, entre otros), sobre la importancia de mejorar la calidad y la cobertura, tuvieron eco en los distintos gobiernos que le apostaron al tema y tomaron decisiones (polémicas para algunos), como las de los dos gobiernos de Uribe de incentivar la formación técnica y tecnológica y convertir las cifras del SENA como de educación superior.

Luego, las protestas estudiantiles de la década pasada (iniciadas con la creación de la MANE en rechazo a la propuesta de reforma de la Ley 30 de 1992, de la exministra María Fernanda Campo) ayudaron a que las becas, subsidios y créditos para la educación superior pasaran a hacer parte de la agenda presidencial, y también de la de gobernadores y alcaldes, con lo que la tasa de cobertura siguió creciendo. Programas como Ser Pilo Paga y Generación E, graduaron el compromiso del Ejecutivo con la educación superior, al tiempo que fueron disimulando el gradual desaceleramiento de la demanda, pues sirvieron para sostener cifras que, sin esos subsidios, desde antes demostrarían el comienzo de la recesión.

La pandemia lo que ha hecho ha sido implosionar el sector, con unos efectos que aún no se han sentido del todo, pero que vendrán apareciendo en caída libre en los próximos meses.

Entre 2.017 y 2.018 se dio el primer campanazo con una leve contracción en la demanda. Mientras tanto, las IES extranjeras, programas virtuales, ofertas informales, programas en internet, formación corporativa y hasta el “éxito” de los influencers y youtubers, entre otros, comenzaron a resultar atractivos para los bachilleres, que no veían con el mismo encanto las 3 a 5 años en la universidad, que consideran distantes de la realidad laboral y de los ingresos económicos.

Las cifras de matrícula sin crecimiento se confirmó en 2.019 y luego llegó la pandemia.

La cifra oficial de tasa de cobertura con la pandemia no se conoce aún, ni el consolidado de matrículas en 2.020, pero todo indica que la contracción será mayor que la que los optimistas planean.

Los auxilios gubernamentales para la universidad pública y las propuestas de matrícula cero ayudan a que la caída sea menos fuerte, al tiempo que jalona la deserción de alumnos de IES privadas para buscar los beneficios en las públicas, mientras que (acompañado con los problemas de la agenda social del actual gobierno, la discusión sobre la reforma tributaria y los avisos de gratuidad) la puja por la gratuidad permanente seguramente darán un avance mayor en el tema, con el consiguiente alejamiento de muchos estudiantes de la educación privada.

Lea: Lo que dice la propuesta de reforma tributaria sobre educación superior

Pero las IES “grandes”; es decir, las que tienen la capacidad económica para soportar una recesión, ni siquiera llegan a la cuarta parte de todas las del sector, con lo que el cierre de programas y algunas IES no será un panorama extraño en el mediano plazo.

Así, lo que se ve es una educación privada que se acostumbró en medio de esa “bonanza” de crecimiento de la cobertura a subir gradualmente cada año sus valores de matrículas por encima de los índices de precios al consumidor, y aún así tenía estudiantes, pero la “torta se está volteando”, y por primera vez en muchos años la congelación de valores de matrícula, y hasta su reducción se verá.

Desde antes de la pandemia, los ingresos de las familias se venían afectando, las tasas de retorno comparadas con la inversión en educación superior vienen cayendo y la pobreza derivada de la pandemia llevará a que la educación superior no sea una prioridad para muchas familias.

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Las cifras reveladas esta semana por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística DANE son preocupantes no sólo para el contexto social del país sino para la educación superior. Según la entidad, la pandemia llevó a que 3,6 millones de personas más en Colombia quedarán en situación de pobreza, de las cuales 1,1 millones correspondieron a Bogotá, con lo que el país llegó a 21 millones de personas reconocidas como pobres, económicamente hablando, lo que significa cerca de un 43 % de toda la población.

La situación es aún más crítica si se suman los colombianos en pobreza extrema, que son 7,5 millones, cerca del 15 % de la población, con lo que en Colombia cerca del 60 % de la población es pobre o en pobreza extrema.

En este panorama, no es lógico, como ilúsamente plantean algunos analistas del sector, pensar que con una cobertura del 53 % en educación superior, aún queda un 47 % por atender, lo cual representa un panorama positivo. Esto es una falacia. Porque, técnicamente, no es posible hablar de una cobertura del 100 %; porque la formación para el trabajo y el desarrollo humano sube la cobertura postsecundaria a estándares del 65 al 70 %; porque no hay oferta en todo el país; porque no a todos los jóvenes les interesa estudiar; y porque hay matrículas en IES extranjeras no registradas por el sistema, entre otros aspectos.

Y si a todo lo aterior se suma la proyección de reducción de la población jóven en los próximos años, muchas de las IES se verán en, aún más, problemas de demanda, con programas con muy pocos estudiantes y alianzas (poco claras en muchos casos) entre IES buscarán sobrevivir. Mientras tanto, las grandes deberán revisar sus proyecciones de crecimiento, seguirán usando sus colchones financieros para pagar deudas y tratarán de aprovechar la modalidad de registro calificado único para “metérsele al rancho”, como se dice popularmente, en las regiones en las que otras IES tienen presencia para tratar de captar matrícula.

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Lo cierto de todo esto es que las que logren subir en estudiantes (muy pocas) lo harán a espaldas de quitarle alumnos a otras, más que de llegar a nuevas poblaciones.

Virtualidad, bajas matrículas y flexibilidad serán las herramientas que podrán potenciar esto.

De lo contrario, programas extensos, rígidos y matrículas costosas, serán un cuchillo para muchas de las IES tradicionales.

Otra realidad que experimentará el sector es que la acreditación (que en la práctica poco o nada de estudiantes nuevos atrae), perderá importancia para los directivos, preocupados por los ingresos y el crecimiento, y toda la parafernalia que significa el SAC, los procesos sectoriales, los rankings y las convocatorias de investigación serán cuestionadas en torno de su practicidad y utilidad.

 

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